Infobae.com/ — El ex campeón mundial de los medianos regresó a la Argentina para poner a punto el show que presentará en la Costa Atlántica en el verano, y se hizo un espacio en la agenda para participar de un capítulo de Golpe al corazón, la novela de Telefe. “Quizás suene pedante, pero hoy no me falta nada: soy extraordinariamente feliz”, jura.
7 de enero de 2018

Antes, la motivación era convertirse en campeón mundial mediano de todas las asociaciones, tal como lo logró. Enfrentarse a Julio César Chávez Junior o al mismísimo Floyd Mayweather si se hubiera dado la chance. Ahora Sergio “Maravilla” Martínez (42) vuelve a las tablas, aunque su nueva actividad no es el pugilato, sino el stand up y la actuación.

Como lo hizo en estos días en Golpe al corazón, la novela de Telefe que produce Quique Estevanez que, cuando supo que el ex boxeador había pisado suelo argentino, lo convocó para que participara en un capítulo.

“Soy inquieto, un busca. No puedo dejar de hacer cosas. Ahora estoy apasionado con actuar. Y me pasa como en el boxeo: tenés que estar engañando todo el tiempo al rival, al jurado, al público… La actuación y el boxeo son acción pura. Igual, en Golpe al corazón hago de mí mismo y no me costó mucho interpretar este papel”, cuenta Sergio “Maravilla” Martínez, casi con el mismo peso de cuando boxeaba profesionalmente, en un break de la apretada agenda que tiene en Buenos Aires.

–¿Cómo es tu vida después del boxeo?
–La verdad, muy placentera, con mucha tranquilidad. Lo mejor es que ya no uso despertador, y eso es realmente maravilloso. Dejé de pelear cuando sentí y supe que ya no tenía objetivos en el ring. Es más: antes de la última pelea no tenía nada por qué pelear, ni razones, ni motivos. Dejé todo por eso. Hoy, cuando me subo a un escenario, me siento más motivado que cuando boxeaba. Lo mismo cuando me pongo a escribir, a dar una charla o cuando paseo tranquilo por Madrid.

–¿Qué tiene en común el boxeo con la actuación?
–Mucho: estás expuesto a la opinión pública. Boxeamos para agradar a alguien, y en la actuación es igual. Los actores y los boxeadores somos esclavos de la aprobación.

–¿A quién querías agradar cuando subías al ring?
–Me costó un año y medio darme cuenta de por qué lo hacía. Es una pregunta con una respuesta compleja. Se necesitan años, vidas y posiblemente siglos para descubrir por qué peleamos los boxeadores. Si tengo que resumirlo en pocas palabras, te puedo decir que antes lo hacía para agradar a mi padre, y ahora actúo porque me divierte.

–Algún psicólogo diría que la relación con tu padre atravesó una especie de Síndrome de Wendy, ese que se manifiesta al sentir la necesidad compulsiva de satisfacer al otro…
–La verdad que no sé… Sólo sé que mi vida tiene algo de esfuerzo, llanto, dolor, pero también mucha diversión. Aprendí que lo que me va a quedar no son las cosas materiales sino las sensaciones, como las que me dejaba el deporte y ahora el escenario. Además de actuar, desde hace nueve meses estoy dando charlas motivacionales por toda la Argentina.

–¿En que consisten esas charlas?
–Trato de que la gente se dé cuenta de que no vivimos solamente en una crisis económica, sino también en una crisis de conciencia y falta de identidad. El objetivo es que cada uno halle su talento.

–¿Encontraste el tuyo en el stand up?
–Todavía no sé si es “mi talento”… Comencé a ver stand up en el 2003 y dos años después, me encontré con un show de mi gran referente, el actor, escritor y ex boxeador Hovik Keuchkerian. Es la persona que más admiro en el mundo del stand up. Nos hicimos amigos; somos prácticamente hermanos. Mi primer monólogo –que se llama A veces me dicen Maravilla– lo escribí asesorado por él… Fue increíble que trabajáramos juntos. Tiene un cerebro como nunca vi, además de ser un tipo extraordinario.
–Las personas siempre dicen que les falta algo para ser del todo felices. ¿Qué te falta a vos?
–Nada. Soy extraordinariamente feliz. Quizás parezco pedante. Pero la verdad es que la paso muy bien. Sí, debería aprender a disfrutar más mi presente.

–¿Qué sentís cuando tenés que transformarte para encarar un personaje?
–Mucha alegría, porque realmente soy otra persona. Hace un año y medio interpreté en una miniserie a un ex mánager de futbolistas, que se llamaba Nacho López Pardo. Disfruté mucho esa transformación. Después en Pistolero, la película que grabamos con Juan Palomino, hice un cambio brutal: aumenté 17 kilos, me dejé la barba y el pelo más largo. Actuar es maravilloso porque, por unas cuantas semanas, dejo de ser Sergio Martínez y me convierto en otro. Ya pude vivir otras vidas en ésta, y eso es genial.

–¿Cómo te convocó Quique Estevanez para participar de Golpe al corazón?
–A través de Jorge Galli, mi representante. Hago de Maravilla Martínez en un combate a beneficio. Mucho más no te puedo contar, porque recién se va a ver a finales de enero, cuando yo esté girando por la Costa con Maravilla & Compañía, la obra de teatro que hago con mi primo Chuly Paniagua.
–¿Por qué decidiste que Las Tablas, en las afueras de Madrid, sea tu lugar en el mundo?
–Allá tengo la sede central de la cadena de gimnasios de la cual soy presidente, que se llama Brooklyn. Pero mi casa está en Valdemoro, al sur de la capital. Ahí encontré la paz que necesitaba y que en la Argentina no tenía. En España puedo vivir equilibrado, en el punto justo.

–¿Qué sentís cuando volvés a nuestro país?
–Que regreso a casa. El cariño y el calor de la gente es espectacular, único. Siempre que vengo paso unos días por Capilla del Monte, donde encuentro paz y tranquilidad. A veces recorro diez mil kilómetros para estar apenas 24 horas cerca del Uritorco. Tuve una época que estuve seis años sin poder regresar, y eso me afectó mucho.

–¿Por qué no podías regresar?
–Porque no tenía DNI español y no podía salir de allá. Era un indocumentado. Fue una época muy dura y difícil en lo económico. Ahora que puedo volver y moverme tranquilo por la Argentina, siento que nunca me fui.


Escrito por aebox