Guerras civiles: Marco Antonio Barrera vs Erik “El Terrible” Morales

AEBOX/Juan Álvarez/  — «Lo que sucede cuando una fuerza irresistible choca contra un objeto inamovible». Son las palabras que el Joker le responde a Batman en la película de Christopher Nolan. Dos elementos tan poderosos pero opuestos que no pueden aparecer en el mismo momento. Cuando sucede esto, el resultado es explosivo.

En las postrimerías de la pasada centuria, mediada la década de los 90´, el boxeo mejicano comenzaba a atisbar en el horizonte que pronto se quedaría huérfano de su máximo ídolo. A pesar de que el César del boxeo Julio César Chávez seguía cosechando victorias y títulos en esta década, sus grandes noches de gloria como la victoria ante Meldrick Taylor ya no volverían. Además, sus problemas extradeportivos y el infierno de las drogas en el que se había inmerso hacían presagiar una retirada prematura. Méjico buscaba con una mezcla de hastío e ilusión al nuevo guerrero azteca que llenara ese hueco, ese púgil que llevara al águila sobre el árbol del nopal de la tricolor mejicana a lo más alto de nuevo.

Es en este momento en el que aparecen nuestros dos protagonistas; tan diferentes y tan parecidos a la vez que su encuentro en el ring no podía desembocar sino en una serie de conflagraciones dignas de rememorar a lo largo de la historia. Marco Antonio “Asesino con cara de niño” Barrera y Erik “Terrible” Morales se disputaron a lo largo de tres emocionantes peleas y a la distancia de 36 rounds quién sería el ídolo supremo para los aztecas en el nuevo tiempo que se abría.

Con el peso en sus hombres de suplir al púgil insustituible, Morales y Barrera se daban cita por primera vez en el ensogado inaugurando el nuevo milenio boxístico el 19 de febrero de 2000 en el Mandala Bay de las Vegas por los títulos supergallo. Ambos jóvenes, ambos en la plenitud física, ambos campeones, ambos invictos. La pelea, como muchas otras, estuvo precedida por meses y meses de cruce de insultos y descalificaciones. Como en una guerra civil, el respetable y entendido público mejicano se abrió en canal hasta formar dos bandos irreconciliables entre los que apoyaban a Morales, proveniente de una familia de clase trabajadora de Tijuana, y los seguidores de Barrera, que venía de una familia de clase media de Méjico DF. El director de cine que quiera rodar una película hablando de l odio visceral entre dos peleadores debe recurrir a las crónicas de la intrahistoria de este combate. Los rumores dicen que ambos hicieron un sparring años antes que acabó en bronca, y meses antes los manopleros de ambos púgiles se desertaron para recalar en las filas del equipo rival. La efervescencia de los púgiles y del propio Méjico no podía llegar a cotas más altas.

Con la campanada inicial en el primer asalto del primer combate comienza una deflagración que no terminará hasta la campana final del doceavo asalto del tercer combate. Con un ritmo y una acción incesantes en cada round, difíciles de puntuar todos ellos, ambos aztecas soltaban bombas a placer al cuerpo y al rostro de su rival. Durante varios momentos de combate, ambos corrieron el peligro de perder la verticalidad y ser noqueador. Morales, que parecía ir ganando por estrecho margen a los puntos, cae en el último asalto. Por una ajustadísima decisión dividida, Morales gana esta primera batalla en la guerra civil, reteniendo el título CMB; el título de la OMB de manera incomprensible no le fue asignado y siguió en las manos de Barrera.  Una decisión dividida y una polémica en la entrega de cinturones llevaba irremediablemente a la revancha entre los dos mejicanos.

La segunda edición de los ya clásicos Morales-Barrera se dio en junio de 2002 bajo las luces de Las Vegas, concretamente en el MGM Grand. En estos dos años, ambos guerreros seguían con una trayectoria inmaculada de victorias (Morales invicto, Barrera solo con la derrota ante el propio Morales). Además, Barrera se había permitido el lujo de ganar y humillar al campeón invicto Naseem Hamed; esta vez la pelea no sería en 122 libras sino en 126, división en que Erik dirigía con mano de hierro y demostraba que el apodo de “El Terrible” no el había sido asignado al azar.

Lo controversial de la decisión de la primera pelea no hizo sino recrudecer el ambiente entre el público mejicano y entre ellos mismos, deteriorando una relación ya rota. La campaña publicitaria contra esta pelea hizo que la de la primera pareciera una reunión de colegiales.

Comienza la segunda batalla. Misma campana inicial, mismos doce asaltos, misma estrategia por parte de ambos. Mientras que Barrera castiga sin cesar las zonas blandas de Morales, el de Tijuana dirige sus proyectiles hacia la cabeza del capitalino. Otra vez se llegará a los asaltos de campeonato con las espadas en alza con todo por ganar y todo por perder. En el último asalto el rostro hinchado de Morales parece indicar, como más tarde pasó, que esta vez la balanza se decantaría hacia la esquina de su rival, pero el tijuanense vende cara su derrota atronando el cuerpo de Barrera, que responde al fuego con fuego. Termina el combate y Barrera resulta vencedor. Empate a 1. Esto no puede quedar así.

La tercera pelea, la que cerraría la trilogía, se dio el 27 de noviembre de 2004. La fuerza irresistible y el cuerpo inamovible han vuelto a seguir carreras paralelas, aniquilando a todo el que osa poner en entredicho su supremacía en estas divisiones. No obstante, Barrera ha perdido contra otra bestia en ciernes, Manny Pacquiao; Aún así, al igual que en los Inter-Milán, Boca-River o Madrid-Barcelona, en los Barrera-Morales da igual como llegue cada uno. Son una atmósfera diferente.

Aunque tras el estallido de la campana la endiablaba velocidad que los dos primeros combates no aparece, este tercero no pierde un ápice de dramatismo. Golpes más calculados y certeros por parte de ambos que resuenan al impactar en el rival como el cuero del tambor de guerra de las galeras romanas. A partir del sexto y séptimo asalto Barreras y Morales se acoplan y comienzan a soltar las manos mucho más rápido, transportándonos al primer asalto del primer combate, allá por el 2000.

El resumen del desarrollo del primer combate sirve para este, como si estos combates fueran una suerte de destino grabado en piedra que había de repetirse cuantas veces se enfrentaran. Asaltos cargados de dramatismo y difíciles de puntuar. Inicio del último asalto con todo por decidir.

Suena la campana que pone fin a la rivalidad hoy histórica entre Morales y Barrera y el ganador es este último. A pesar de la decepción del bando Pro-Morales y de que éste se vio ganador, se respira tras este final la cuadratura de un círculo y el fin de una rivalidad histórica. Se saborea un sabor a peleas añejas que va a quedar en el paladar de los aficionados por décadas; cuando se habla de estas peleas no se habla de quién ganó cada cual.

Ambos siguieron carreras paralelas. Enfrentaron a Pacquiao, siguieron conquistando títulos y se retiraron como leyendas del boxeo mejicano y mundial. La rivalidad que nación en el ring murió en ese mismo sitio. No quedan rencillas entre ellos ni cuentas pendientes y a día de hoy disfrutan de una amistad que permite a los aficionados ver como estos dos dioses aztecas comparten mesa y mantel para rememorar estas batallas.

Nos remontamos un momento a una República Romana que ya ha soltado sus estertores. En la guerra contra el general heleno Mitríades, el Senado apoya al general Sila, mientras que las Asambleas Populares apoyan a Cayo Mario. La primera de las Guerras Civiles de Roma dividió a la sociedad tanto como la rivalidad de Morales y Barrera dividió a Méjico. Los primeros, persiguiendo la idea de un imperio. Los segundos, persiguiendo la interminable sombra de Julio César Chávez. Mario y Sila pasarán a la historia por tener enfrente a alguien que sacó de ellos lo mejor que tenían de la misma manera que Morales y Barrera realizaron sus tres mejores desempeños entre ellos. En el boxeo, como en las guerras, cuando la balanza no está inclinada hacia ninguno de los dos púgiles, surgen las mejores batallas.

Deja una respuesta