El español que desafió a Muhammad Ali

AEBOX/Juan Alvarez

-El tesalio con el que vas a luchar es un hombre grande y fuerte. Jamás pelearía con él. -Por eso nadie recordará tu nombre.

Aquiles arriesgó su vida luchando contra el gigante de Tesalia Boagrio porque sabía que solo con su victoria pasaría a la eternidad; la otra opción, inasumible para él, era la muerte y posterior entierro en el olvido.

La Historia nos ha enseñado que quien desea optar al premio de la gloria eterna debe estar dispuesto a pagar un alto precio. El
sacrificio personal es condición sine qua non para llegar a la cima, para lograr ver el nombre propio grabado en las páginas de la Historia, para que el eco de nuestra hazaña resuene allende los siglos. Pocos se adentran en este viaje elefantiásico y menos aún son los que regresan triunfantes.
Los boxeadores son, por naturaleza propia de este deporte, algunos de estos homéricos viajeros. Todos quieren perdurar, todos saben el precio que hay que pagar.

Sin ganar a los grandes nombres de su generación, sin haber derramado sangre y sudor frente a los titanes de su tiempo, su nombre se olvidará cuando se apaguen las luces del estadio donde celebre su última pelea.
Alfredo Evangelista no fue uno de ellos. En un tiempo en el que la categoría de los pesos pesados producía el mismo vértigo que sentimos frente a los pies de una montaña y elevamos la mirada. Evangelista elevó su mirada, se pertrechó y comenzó una de las gestas boxísticas más grandes del boxeo español.

Nacido en Montevideo en 1954, más concretamente en el barrio de clase trabajadora de Villa Española (cosas del destino) Evangelista comenzó a golpear el saco a la edad de 14 años. Pronto supo que solo sus puños le salvarían del boxeo, de la misma manera que sabía que no sería en Uruguay donde su carrera boxística tendría lugar.

Pronto emigró a la madre patria española y tras una prometedora carrera amateur debutó en 1975 contra Angelo Visini en el Palacio de los Deportes de Madrid. Desde su esquina, el afamado entrenador cubano “Kid Tunero”, aquel que en su yunque y su fragua forjó a fuego nada más y nada menos que al gran José Legrá, veía como su nuevo pupilo ganaba con Ko técnico en el primer episodio.

El 14 de mayo de 1976 se producía su gran prueba de fuego y un combate histórico en la historia de los pesos pesados españoles. Evangelista se enfrentaba nada más y nada menos que a José Manuel Ibar Azpiazu “Urtain”, el gran exponente de los grandes pesos españoles y una figura mediática en nuestro país. El púgil de acero, que ya venía de vuelta y en franca regresión, no podía hacer nada contra “El lince de Montevideo” y
el vasco hincaba la rodilla en el quinto. Supone además un cambio en el paradigma de peso pesado español, que se estaba dando en el viejo continente y en el mundo entero. Representante de épocas antiguas Urtain y su estilo tosco, rústico, potente pero otrora efectivo sucumbía ante un peso pesado grácil, con pies y cintura, contragolpeador pero que no rehúsa el intercambio de metralla en el centro del ensogado. Ambos moldeados en acero, sólo el uruguayo contaba con las dotes para trascender España y Europa. Urtain era los estertores de una tradición extinta y Evangelista encarnaba el nuevo boxeo total. Evangelista, que todavía no tiene la
nacionalidad española, comienza a ser reivindicado por la piel de toro como “uno de los nuestros”.

Evangelista se convirtió en un gran tiburón blanco al que muy pronto el estanque del boxeo español le constreñía. Necesitaba aguas profundas y, sobre todo, presas mayores que pudiesen saciar su apetito voraz. Tras haber probado la sangre de Urtain, Evangelista pasaba al ataque y solo se conformaría con rivales que le proporcionasen gloria y títulos, fuera donde fuera. Con solo 14 combates en el profesionalismo, pero invicto, Evangelista decidió jugarse el todo por el todo y cruzar el charco para enfrentarse al más grande boxeador que jamás haya pisado un cuadrilátero:

Muhammad Ali. Un salto al vacío. Un ignoto apache contra un icono deportivo, político y cultural. En el momento en el que Evangelista estaba recién destetado en el boxeo profesional, Ali y Cassius Clay habían protagonizado enfrentamientos inenarrables a lo largo y ancho del orbe. El mayor trofeo de caza mayor de Evangelista más allá de los 91 kg de los pesos pesados era Urtain, mientras que las cabezas de púgiles como Henry
Cooper, George Foreman, Sonny Liston o Joe Frazier reposaban sobre la chimenea de “The Greatest” a semejanza de los grandes salones de palacios orientales.

1977 vería como el “Tupamaro”, como también era conocido Evangelista se
enfrentaba a Muhammad Ali, nacido Cassius Clay. El combate le llegaba a Ali a los 35 años. La rapidez de piernas de los Juegos Olímpicos de Roma no eran más que un recuerdo agradable para contar en una cálida noche de verano. Las peleas contra Frazier o Foreman, cajones cerrados que, a pesar de todo, seguimos abriendo con la ilusión de un niño el día de Reyes. A pesar de todo, seguía tocado por la varita de los dioses. Si no flotaba como una mariposa seguía picando como una abeja. Ali no era, ni fue nunca, un convidado de piedra en ninguna pelea y aunque en estas postrimerías de
su carrera sus rivales no tenían el relumbrón de los anteriores, él estaba dispuesto a aniquilarlos de la misma manera.

Las ruedas de prensa previas al combate y el propio pesaje fueron una cabalgata de reyes en al que Ali interpretaba el papel de sus majestades de Oriente, repartiendo, en este caso, improperios y humillaciones a su rival, como si fuesen caramelos de café amargo. En aquella época en la que Ali veía a menos distancia el final que el principio de su carrera, observarle era observar un monumento, como si la Victoria de Samotracia hubiera decidido bajar de su podio en el centro de la escalera del Louvre y hubiera decidido enfundarse guantes de vacuno. Evangelista, un veinteañero cuyo
rodaje en el profesionalismo contaba con menos de un lustro, avisando de lo que haría más tarde en el combate, contragolpeaba las descalificaciones de Ali, al que le llamaba “viejito”.

Llegó la noche del 16 de mayo de 1977. Los púgiles y el tercer hombre en discordia, el referí Harry Cecchini se encuentran sobre el ensogado del Capitol Center de Landover.

Ali, con su particular purísima y oro, viste de satén blanco y negro. Evangelista, de verde con publicidad de la revista Interviú.
Con el choque de guantes se produce la enésima secuencia de bufonadas de Ali: bailotea, gesticula, sigue despreciando a Evangelista sin micrófono, pero con sus puños. El apache sigue a lo suyo, arrojo y corazón, comienza a conectar sobre el oriundo de Louisville, que, pese a todo, tiene la pelea bajo control. La seriedad de Evangelista es fiel testigo de la importancia que el uruguayo-español le da a la contienda. Los rounds del 1 al 8 siguen esta tónica.

Entramos en el noveno asalto y la historia cambia y cambia por una estrambótica razón que se conocerá tiempo después. La esquina de Ali, que desde hace años pensaba más en el púgil como un producto que como un simple peleador, le pide que no noquee a Evangelista antes de 8 rounds, ya que las pausas publicitarias ya están vendidas y hay mucho dinero en juego. En el noveno “The greatest” ya tiene vía libre. El lebrel ha salido de la traílla pero ahora ya no puede hacer lo que antes no quiso. Evangelista se
ha envalentonado. Baila al ritmo de Alí en un despegado cuplé plagado de duros golpes a la zona hepática. Nuestro héroe adoptado está puntuando en las cartulinas de los jueves, en el corazón de los espectadores y en el suyo propio. La pelea llegará al límite.

De la misma manera que nadie duda (jueces, Ali y Evangelista) que el estadonidense ha ganado, todo los que están allí presentes saben que, como dijo el eterno Manuel Alcántara, Cassius Clay habría finiquitado a Evangelista en cuatro asaltos. Evangelista puso delante del espejo al más grande boxeador de todos los tiempos y le hizo darse cuenta de que su tiempo estaba pasando. Pocas derrotas pueden decir lo mismo. Una vez terminado el combate, Ali se deshace en elogios sobre el ahora llamado “pequeño Clay” y llega a decir que puede vencer a todos menos a él mismo.

Evangelista, convencido de que Ali llevaba razón (y en gran parte la llevaba) siguió cruzando el Rubicón de manera intermitente, intercalando combates en Europa y en Estados Unidos; siendo a veces un pez grande en un estanque pequeño y en otras ocasiones, un pez grande en medio de un océano plagado de tiburones. Ganó y defendió varias veces el título europeo, pero volvió a fracasar en las grandes citas estadounidenses, perdiendo con auténticas leyendas como Larry Holmes y Leon Spinks.

Evangelista continuó su periplo conociendo las 16 cuerdas de diferentes países hasta 1988, cuando por última vez derrotó a su rival. Se retiró el 15 de abril de ese año, convertido ya en un auténtico ídolo en nuestro país.
Por desgracia y como le suele pasar a muchas estrellas de nuestro amado deporte, no era oro todo lo que relucía. A pesar de que ganó dinero, mucho más que la mayoría de los boxeadores españoles hayan conocido con la excepción de unos cuantos, pronto cayó en la pobreza y en el olvido mediático. En 1995 fue condenado a 8 años de cárcel por tráfico de estupefacientes. La sentencia era demoledora en algunos de sus extractos: “Se aprecia en Evangelista un bajo nivel de inteligencia que, si bien se

encuentra dentro de la normalidad, aunque dentro de sus límites inferiores, le convierten, junto a su baja formación y abundantes traumatismo recibidos en su actividad como boxeador, en una persona fácilmente influenciable y manejable».

Evangelista tocó fondo y solo podía subir. Subió. Rehizo su vida como solo alguien que aguanta 15 rounds a Ali puede hacerlo. Superó un cáncer. Actualmente reside en Zaragoza y mantiene una estable y sana relación con su amado deporte, que le dio todo, lo mismo que le exigió.

Con solo 22 años y 16 combates profesionales, un chico nacido en Villa Española, barrio de techos de cinc en Montevideo, retó a una leyenda viviente. Hombres sucumbiendo ante dioses. Evangelista perdió, pero seguirán pasando los años y hablaremos del español que aguantó 15 asaltos contra Muhammad Ali.

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