El último campeón antes de Muhammad Alí

AEBOX/Juan Alvarez/ — “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum” (Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios). La categoría de los pesos pesados es el culmen del boxeo. La montaña más alta e inaccesible. Desde el inicio de los tiempos del pugilismo, miles de luchadores allende los mares, sin importar su talento y aptitudes, han soñado con verse coronado como campeón ecuménico de los pesos pesados. A lo largo de los tiempos y en los inicios del boxeo la historia está glosada con el nombre de grandes campeones: Max Baer, Max Schemmeling, Rocky Marciano, Floyd Patterson… todos grandes campeones, dominadores de la división que consiguieron el quijotesco sueño de ser el luchador más peligroso sobre el orbe.
A pesar de ello, ninguno de estos contemporáneos pancracios llegó a ser nunca el boxeador definitivo; no lograron traspasar el ámbito deportivo para convertirse en estrellas globales ni en el ámbito cultura. Tal vez no fue porque no fueron alumbrados en la era de la mercadotecnia o porque su desempeño pugilístico no daba para más, tal vez combinación de ambos factores la que le impidió llegara este hecho diferencial.

El 25 de mayo de 1964, no obstante, el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, et Verbum caro factum est et habitavit in nobi. Muhammad Ali se convirtió en el campeón del mundo de los pesos pesdos por primera vez e inauguró una nueva época en el noble arte y en el deporte en general. El campeón del munode los pesos pesados se convirtió en una figura más reconocida mundialmente que el presidente de los Estados Unidos de América (todos conocemos a Ali pero ya nadie recuerda a Lyndon B.
Johnson). Deportista e icono cultural y político a partes iguales no hay boxeador más reconocible que él y probablemente no lo habrá. No obstante, grandes campeones precedieron a la figura del de Lousville, Kentucky. Hombres que al igual de él enfrentaron a las vicisitudes de la clase obrera estadounidense a base de mandobles de sus poderosas manos.

Este es el caso del último representante de una era, el último campeón antes de Muhammad Ali, Sonny Liston.
Charles “Sonny” Liston llegó a este mundo un 22 de julio de 1930 en Johnson, Arkansas. La infancia de Sonny Liston aparece descrita, como la de otros cientos de miles, en la célebre novela de John Steinbeck “Las uvas de la ira”: cúbiculos de uralita y cinc a los que llamar hogar es una licencia poética, familia disfuncional encabezada por un padre maltratador y cuya única afición era buscar en el fondo de botellas las respuestas a preguntas irresolubles, camadas de jóvenes y hambrientas para las que no había respuesta (nada más y nada menos que 25 hermanos conformaban la
familia).

Tobe Liston, su progenitor, siempre fue de la opinión de que quien tenía edad para comer tenía edad para trabajar, y desde los 8 años inició a Sonny en las tareas del agro.

Sonny, a pesa de cumplir con vehemencia las tareas propias de un adulto sin rechistar, era castigado físicamente con frecuencia por su padre, hasta tal punto que esas palizas se convirtieron en una suerte de liturgia que, el día que desaparecían, hacían preguntarse a Liston hijo si algo habría cambiado para que su padre ese día decidiera no pegarle una de sus palizas. Prontó huyó de ese infierno en la tierra que era el domicilio familiar y se mudó a Saint Louis, Missouri, donde mediante trabajos precarios comenzaba a sentir cupos de libertad limitados a pesar de todo por las barreras raciales que sufría la población afroamericana aún después de la segunda guerra mundial. Sonny siempre fue un chaval con fama de problemático, mácula de la que no fue capaz de desprenderse
hasta el fin de sus días y que le atormentaron a lo largo de su carrera y de su vida.

Comenzó un ir y venir a centros correccionales y mientras tanto comenzó a instruirse en las formas del noble arte. Como tantos otros, en un aseveración que repetimos como un mantra, Liston se convirtió en otro hijo de la clase obrera al que el boxeo le dio la oportunidad de poner un plato caliente sobre la mesa para él y para los suyos, todo un lujo para los de su clase en aquella época.
Liston debutó en el profesionalismo el 2 de septiembre de 1953 contra Don Smith en el Arena de Sant Louis. Su victoria y el cómo la logró nos comenzaban a descifrar la esencia de un boxeador auténticamente pegador, una fuerza de la naturaleza que contaba con dos puños envueltos en guantes de crin como armas. Un traspiés en forma de derrota por decisión dividida ante Marty Marshall en 1954 no detuvieron la
meteórica carrera de Liston, que se presentaba ante la conquista del cetro mundial de Floyd Patterson con un récord de 34-1.

Floyd Patterson y Sonny Liston fueron el día y la noche. Patterson era un hombre educado, fino y modoso, con una tierna educación a la manera británica y afable sonrisa que acompañaba a todas sus declaraciones. Cus D´amato, su entrenador, y todo su entorno, siempre vieron que adolecía del instinto asesino que separaba a los grandes boxeadores de los campeones aniquiladores de rivales. Liston, por su parte, cargaba sobre sus espaldas con la losa de ser exconvicto, era rudo, gracioso y simpático solo con unos pocos y tan tosco como las maquinarias llenas de herrumbre con las que sesgaba la tierra trabajando en la infancia en la granja de su padre.

El 25 de septiembre de 1962 se daba el primer asalto al título por parte de Sonny Liston ante el propio Patterson. La contienda se desarrolló en el Comiskey Park de Chicago, Illinois. De esta batalla poco se puede decir. Durante los dos minutos que duró, Patterson fue desdibujado por un desatado Liston que jugó a placer con el campeón. En la revancha, que sucedió el año siguiente en el Convention Center de Winchester, Nevada, fue una repetición de la primera. En esta ocasión la pelea duró cuatro segundos más, pero debemos tener en cuenta que Floyd Patterson cayó dos
veces. En poco más de un año Sonny Liston había conquistado y defendido con éxito el título mundial de los pesos pesados.

Había algo que atormentaba el alma de Liston a pesar de haber lleado a la gloria deportiva a la edad de 33 años. Nunca fue reconocido por el público y nunca se convirtió en una estrella. Todods los movimientos por la liberación de la población norteamericana y por la consecución de los derechos civiles nunca quisieron saber nada de él. Su fama de arisco, hombre difícil y sus entrasadas y salidas de comisaría, que aún persistían, le conviriteron a los ojos del gran público y de la sociedad norteamericana como un ejemplo de todo lo que no debía ser un hombre y sobre todo
un mal ejemplo de lo que debía ser el nuevo afroamericano. En su vuelta a casa tras el primer y segundo combate contra Patterson las calles vacías de su localidad le dieron el mensaje mudo de que su propio pueblo le había dado la espalda. Como más tarde diría el propio Liston, era un presidente que había alcanzado la presidencia y que luego tenía que ganarsea sus votantes. El mundo al revés.

Tras enfrentar a Patterson, para Liston llegaba la prueba final. El rival que definiría su carrera y el que demostraría si su reinado, como el de Patterson, era flor de un día o de si estábamos realmente ante el inicio de una dinastía por parte de Sonny. Durante los pleitos contra Patterson, agazapado entre el público, comenzaba a asomar un joven arrogante llamado Muhammad Ali y que venía de conseguir el oro olímpico de Roma.
Con una boca que no dejaba de soltar improperios, pronto este jovencito de Kentucky con un apuesto rostro, gracioso, apuesto y afable se convirtió en el favorito del público y prensa. Ridiculizando a Sonny Liston en lo profesional y personal cada vez que divisaba un micrófono, Ali era todo lo que Liston quería y no podía ser, por lo que el campeón decidió que el aspirante pagara las facturas de sus declaraciones en el ring.
Nada más lejos de la realidad.

Las ruedas de prensa previas a la primera de las dos batallas que enfrentaron a Sonny Liston y Muhammad Ali se pueden considerar las primeras en las que la mercadotecnia hace su aparición en el mundo del boxeo para no despegarse de él jamás. El aspirante, todavía llamado Cassius Clay, aparecía siempre rodeado e una prieta guarda pretoriana que reía sus gracias un un gran número de cámaras que retransmitía en directo para
toda la nación los insultos físicos hacia Liston. El campeón no podía permitirlo.

El 25 de febrero de 1964 comienza la nueva era del boxeo. En el Convention Center de Miami Beach se enfrentaban Cassius Clay y Sonny Liston. El viejo contra el nuevo mundo. El martillo contra la esgrima. Durante los seis asaltos de una distancia de quince a los que estaba programada la pelea, el estilo de Clay no encontró oposición dentro de las dieciséis cuerdas. En el momento en el que quiso Clay destronó a Sonny Liston. Clay se convertía de esta manera en el nuevo campeón del mundo de los pesos
pesados.

La segunda de las batallas entre estos dos púgiles se dio un año más tarde, en 1965, y el resultado fue aún más demoledor. Comienza el combate y Clay comienza a flotar como una mariposa y a picar como una avisa. Listón suelta golpes que solo conectan con el aire. De repente y de manera súbita, Clay conecta a Liston que cae al suelo boca arriba, desde donde Clay le mira con actitud desafiante. En ese justo momento, el mundo de Liston se desmorona y, como un anciano que se mira al espejo para ser consciente de su propia senectud, Sonny siente sobre sus hombre el peso de las agujas del reloj. Pierde por K.O. a los dos minutos, prácticamente lo mismo que le aguantó Patterson a él.

Sonny Liston nunca recuperó el título de los pesos pesados y mucho menos el favor del público. La foto de él sobre el tapzi del cuadrilátero con Clay desafiándole se convirtió en una de las imágenes más icónicas de la historia del deporte y del siglo XX. Tras sus dos derrotas seguidas con Cassius Clay, Liston peleó otras 16 veces con 15 victorias para terminar su carrera con un impresionante balance de 50-4.

Liston murió poco después de su última victoria contra Chuck Wepner, el auténtico Rocky Balboa, olvidado como el gran campeón que fue y solo recordado por sus derrotas contra el más grande. A pesar de que su historia está jalonada de momentos agridulces, en blanco en negro, que dejaron pocos espacios para la alegría y el color, Sonny Liston siempre será ese último campeón antes de la nueva era, antes de Muhammad Ali, antes de que el verbo se hiciera carne.

Deja un comentario