Wilder vs Fury – Lázaro, levántate y anda – Una historia de Juan Alvarez

AEBOX/Juan Alvarez/ — Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

«Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar».
Staples Center de Los Ángeles, California. 1 de diciembre de 2018. Evento estelar de la cartelera. Con 2:21 para el final de un combate proyectado a la distancia de 12 asaltos, Deontay Wilder sonríe por primera vez. Como es habitual en él tras liquidar a sus adversarios se pavonea y lanza besos al público. En su cara se percibe el orgullo del aniquilador pero también trazas de alivio ya que él, su esquina y todo el público
asistente saben que hasta ese momento iba perdiendo la pelea. En diez segundos será campeón del mundo de los pesos pesados de nuevo y continuará con su récord inmaculado.

Mientras tanto, sobre el tapiz, una mole de más de 210 libras proyecta su mirada hacia el cielo del pabellón sin poder levantarse tras un combinación de golpes demoledora de Wilder. Su respiración es corta, entrecortada. Se le acaba el tiempo y el árbitro sigue contando. Súbitamente, como impulsado por un mecanismo y resortes, se levanta antes de la cuenta progresiva de 10 ante el estupor del público y del Wilder, que sigue sonriendo, aunque esta vez de incredulidad. La mole de 210 libras no sólo termina el combate de manera vertical, sino que se permite el lujo de acabar la contienda lanzando y contragolpeando. El pleito termina en empate por decisión
dividida y se fija una revancha para el 22 de febrero de 2020.

En esta segunda cita la historia cambia por completo. Wilder pasa de ser el
perseguidor al perseguido. De cazador a víctima. Camina hacia atrás por el ring esquivando los poderosos jabs de su rival que, aunque ha subido de peso y marca 232 libras en la báscula. A pesar de este notable aumento de peso se sigue moviendo con la gracilidad que le caracteriza, inusual para un tonelaje de peso pesado. Wilder cae en el segundo asalto y en el quinto. Desde la primera caída ya se apreciaba que en esta ocasión Wilder no tiene respuesta para lo que su rival ha traído al ensogado. Su derrota parece inevitable y es cuestión de tiempo que se produzca su primera derrota,
ya sea al ko o a los puntos. En el séptimo una lluvia de golpes mientras está
arrinconado en la esquina neutral hace que su esquina tire la toalla.

1548 días y un auténtico infierno deportivo y personal después Tyson Fury vuelve a ser campeón del mundo de los pesos pesados. Ha resucitado.

Tyson Luke Fury nación en Manchester, Lancashire un 12 de agosto de 1988. Haciendo honor a su etnia gitana, pasó la niñez deambulando por los lodazales y caminos de la campiña británica en los carros familiares, sin rumbo fijo, esperando que en cada parada apareciera la oportunidad de llevar una vida mejor. Al igual que los personajes de Steinbeck en “Las uvas de la ira” esa oportunidad nunca llegaba y vio pasar su adolescencia montado en la parte trasera de carros o con un poco de suerte caravanas.
La vida que el clan Fury llevó durante la infancia de Tyson se puede resumir gráficamente en uno de los fotogramas de la película “Cerdos y diamantes “de Guy Ritchie en la que Jason Statham visita campamentos de gitanos.

El joven Tyson, cuyo nombre fue puesto en honor al legendario campeón de los pesos pesados, comenzó su relación con los puños en su infancia. Las tradicionales peleas a puño limpio entre los “travellers” y clanes rivales que se dan desde hace cientos de años entre las comunidades gitanas anglosajonas introdujeron en él el gusto por la pelea. Entró un un gimnasio para no salir nunca más. Fury comenzó su carrera como púgil profesional en 2008 y pronto las islas británicas se quedaron pequeñas para sus más de dos metros y 120 kg de peso. Sin oposición real en el país de Isabel II, dio el salto a los compromisos mundiales siguiendo la senda de victorias con las que había iniciado su desempeño.

Desde sus inicios en el noble arte, Fury destacó por su estilo de boxeo, ortodoxo en las formas pero impensable para los pesos pesados de la actualidad. Con una capacidad inusual para mover su tonelaje alrededor del cuadrilátero, la combinación de técnica y manos rápidas se hace imposible para sus rivales. Es capaz de esquivar golpes con la técnica y soltura de un peso ligero pero con la potencia de fuego que le dan sus más de 120 kg.

Tras conseguir los títulos británico, europeo, Internacional y de la Commonwealth el siguiente paso lógico para Fury era la conquista de la montaña más alta, el título mundial, que en esos momentos era ostentado nada más y nada menos que por Wladimir Klitschko. Este adonis ucraniano se había aferrado a sus cinturones sin que nadie pudiese poner en duda su supremacía. Nadie en el horizonte parecía ser capaz de destronarle.

El 28 de noviembre de 2015 se produjo la colisión entre Klitschko y Fury en el Arena Esprit de Dusseldorf por las coronas de la Asociación Mundial, Federación Internacional, Organización Mundial y Organización Mundial de boxeo. A priori el físico, técnica y experiencia de Klitschko eran credenciales suficientes para batir a un Fury que, aunque dotado técnicamente, en principio no podría seguir el ritmo del veterano ucraniano durante doce asaltos. A pesar de que todos los expertos en boxeo vaticinaban que el campeón saldría victorioso de esa batalla, el “rey de los gitanos” ya avisaba de que la historia no sería para nada como la gente imaginaba.

Comienza el combate y todos los vaticinios sobre cómo se desarrollaría la pelea fallan. Todos menos los de Tyson Fury. Mantiene la distancia con respecto a Klitschko, que apenas es capaz de conectar golpes de poder sobre su rival. Fury esquiva, golpea, contragolpea y ataca desde ángulos que parecen imposibles hasta quedar sentido a su rival en un par de ocasiones. Transcurren los asaltos y quien parece más necesitado de oxígeno no es Fury, sino un Klitschko que ve como la pelea se le empieza escapar y que
no es capaz de divisar la solución al entramado ofensivo y defensivo que le ha tendido su rival. Acaba la pelea y Tyson Fury es proclamado por decisión unánime como nuevo campeón del mundo de los pesos pesados entre los vítores y abrazos de su equipo.

Tras esta subida al cielo, Tyson Fury conoció al infierno. Se convirtió en un Ícaro que en su afán de volar alto acabó precipitándose hasta las profundidades del mar. Tyson Fury se convirtió en todo lo que no debe ser un boxeador profesional: comenzó a beber de manera desproporcionada y se introdujo en el mundo de las adicciones. Pronto comenzó a perder su robusta figura y en las ruedas de prensa de su revancha contra Klitschko se empezaba a apreciar una subida de peso vertiginosa. Poco antes de la
revancha, una serie de postivios en test antidrogas le hicieron renunciar a los títulos que con tanto esfuerzo y durante tantos años se había labrado.
Comenzaba el purgatorio de Fury. En apenas un año pasó de ser el peso pesado más dominador del planeta a pesar casi 200 kg y a beberse una botella de vodka de una sentada, por no hablar de su adicción cada vez más profunda a la cocaína. Un joven de solo 27 años que ya tenía un aspecto de un anciano flemático de 60. La situación le superó y como él mismo reconoce el suicidio se convirtió en la salida más fácil y lógica
para su situación. Se montó, no sin esfuerzo, a lomos de su Ferrari, recuerdo de mejores épocas, y se dispuso a acabar con su vida de manera repentina empotrándose contra una pared. En ese camino vertiginoso a más de 200 km/h por las tortuosas carreteras británicas la visión de sus hijos y de su esposa le salvaron la vida. Dio media vuelta y en poco tiempo comenzó a entrenar.

El segundo advenimiento de Tyson Fury como boxeador profesional se asemejó mucho al primero. Ya alejado de los focos y olvidado por prensa y aficionados como boxeador profesional, se rodeó de un equipo de entrenamiento joven y de su amigo Ricky “Hitman” Hatton para volver al olimpo del pugilismo. Comenzó sus entrenos con leves paseos, luego con trotes ligeros. La buena alimentación, el abandono de hábitos nocivos y el entrenamiento pronto hicieron que Tyson Fury comenzara a ser, al menos,
un vago recuerdo de lo que fue. Pronto anunció que se estaba preparando para el regreso al circuito profesional de boxeo y su primera actuación tras su suspensión fue programada para el 9 de junio de 2018, casi tres años después de su última aparición contra Klitschko. Tras este combate de reaparición en el que venció sin problemas a Sefer Seferi y otro nuevo combate de rodaje ante Francesco Pianeta en Belfast, Tyson Fury, valiente como pocos, retó nada más y nada menos que al aniquilador Deontay
Wilder, el “bombardero de bronce” y por aquellos tiempos campeón invicto de los pesos pesados por el Consejo Mundial de Boxeo. Wilder, que llevaba unos años campando a sus anchas por la división sin rivales que osaran poner en tela de juicio su supremacía aceptó pensando que sería una victoria fácil que sumaría un nuevo nombre a su glosario de víctimas. Lo que pasó desde el anuncio de este evento hasta que 1548 días después Tyson Fury recuperó el trono de los pesos pesados es ya historia del boxeo.

Fury protagonizó una de las reapariciones más notables de la historia del boxeo. De nada a campeón, de campeón a la nada y de nuevo a la cima del boxeo. En su larga travesía por el desierto pocos creyeron que ese muchacho que llegó a pesar 200 kg podría volver a enfundarse los guantes de doce onzas de manera profesional.

El mundo del boxeo le dio la espalda, pero Fury salió de ese infiero y al igual que en su primer combate contra Wilder y al igual que Lázaro se levantó y comenzó a caminar cuando todo el mundo le daba ya por muerto.

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