¡Ave, Julio César!… Treinta años de la batalla Julio César Chávez Vs Meldrick Taylor

AEBOX/Juan Álvarez/ — “Toro Salvaje”, “Rocky”, “Million Dollar Baby”, “Huracán Carter”… el boxeo siempre ha hecho gala de una gran capacidad de adaptación a la gran pantalla. Su mero concepto, casi místico, en el que dos hombres de la manera más primaria posible deciden quién de los dos es el mejor, ha nutrido a la industria del celuloide durante décadas y lo seguirá haciendo. No obstante, la historia más cinematográfica que haya sucedido nunca jamás en el ámbito del boxeo no sucedió en una película, sino que fue una realidad. Ocurrió el 17 de marzo de 1990.

Meldrick Taylor en la esquina azul. 24 victorias y 15 KO´s sumados a un empate en una carrera profesional de 25 peleas, unidas a un gran récord amateur de 99 victorias y 4 derrotas. Llegaba luciendo la medalla de oro de Los Ángeles 1986 en peso pluma. Un estilo delicioso de ver para el espectador, adaptando el mejor de los estilos olímpicos (pegar-retroceder-desplazarse por el ring) al profesionalismo. Había ganado potencia de choque en sus puños desde las olimpiadas. Por donde pasaba dejaba un murmullo casi inaudible, que poco a poco iba aumentando en volumen, que decía que podía ser un digno sucesor de Sugar Ray Leonard. Ya saben, el boxeo odia quedarse huérfano de ídolos y los desempeños pugilísticos de Meldrick Taylor no iban a permitir tal cosa. Sus credenciales se presentaron ese 17 de marzo del 90 en el Hilton de Las Vegas, dispuestas a crecer tras otra noche de gloria boxística. Taylor estaba en su prime, su mejor momento, parecía invencible.

Julio César Chávez en la esquina roja. Directo de Culiacán, Sinaloa, corazón de Méjico. El gran campeón mejicano. El césar del boxeo. Con un récord de 68 victorias y ninguna derrota hasta el momento, era la representación gráfica del estilo mejicano de boxeo: más corazón que cabeza, con un tremendo gusto por la lucha en el cuerpo a cuerpo, la zona caliente. Una técnica depurada y un gancho de izquierda temible. Arropado por el rey Midas del Boxeo de todos los tiempos, el inclasificable promotor Don King, sus puños de granito y su mentón aún más granítico le estaban granjeando un hilo de victorias consecutivas inenarrables e impensables en la actualidad.

Con estos mimbres, ese 17 de marzo los campeones del Consejo Mundial del Boxeo y de la Federación Internacional de Boxeo unificarían sus fajas en un duelo que pasaría a la historia. Nadie esperaba ver lo que más tarde sucedió. De la misma manera, nadie lo olvidaría jamás.

Antes de la campana inicial, ambos peleadores presentaban un aspecto temible. “El trueno contra el relámpago” como se llamó a la pelea, parecía un nombre justificado. La potencia de los puños de Chávez se podía apreciar en sus enjutos músculos, afilados como una navaja. Las piernas finas y atléticas de Taylor preveían la velocidad de la luz que más tarde implementaría durante doce asaltos.
Comienza el combate 7 se produce una lucha sin cuartel entre ambos gladiadores. A pesar de que Taylor no duda en bailar alrededor de Chávez, también concede momentos de intercambio de metralla en el centro del ring. Chávez no se arruga y responde al fuego con fuego. La lucha es encarnizada.

Taylor puntúa, va ganando los rounds, a pesar de ello, si rostro empieza a desfigurarse. Sus parpados se cierran. Su boca y fosas nasales emanan hilos de sangre, testigos de los impactos que está recibiendo. En su esquina hay una atmósfera de calma tensa. Tal vez celebren la victoria aunque tengan que pasar una semana en el hospital inmediatamente después. Chávez por su parte, está contrariado. Sus manos de plomo, que le han procurado innumerables victorias antes del límite, no son suficientes para doblegar la voluntad de su actual rival. Sabe que no queda otra, no hay opción. Tiene que tumbar a Taylor. En su esquina le advierten de que no puede dejar de tirar golpes, le comunican que está perdiendo todos los asaltos. O se gana por KO o no se gana. Es el momento de soltar toda la pólvora. Después no habrá después. Ahora o nunca.

Las arengas de las respectivas esquinas son testigos del transcurso de la pelea. De lo que cada peleador tiene que hacer para ganar. De lo cerca y a la vez lejos que están de la gloria eterna de derribar al rival. Las palabras de Búfalo, natural de Ávila, en la esquina de Chávez, parecen obra del mejor de los guionistas de Hollywood:
Julio, esto se nos ha puesto feo, pero vamos a ponerle los cojones ahí. ¡Tírele lo que tenga, por el amor de Dios, tírele lo que tenga! ¡Eres más fuerte que él Julio!¡Hágalo por su familia, Julio, por Méjico y por su familia!

Comienza el 12 round y Taylor sigue delante en las tarjetas de los jueces. Si sobrevive tres minutos más será campeón. El asalto parece una continuación de los once anteriores. Un pequeño resbalón de Taylor no hace sino añadir más dramatismo y tensión a la pelea. El público contiene el aliento, sabedor de que cualquier cosa que pase será histórica. El tiempo se acaba, Taylor y Chávez siguen conectando en el centro del ring sin descanso.
Cuando quedan 16 segundos, ocurre. Un brutal derechazo de Chávez a la quijada de Taylor lo derriba. Taylor se desmorona sobre las cuerdas de su propia esquina pero se levanta. El árbitro ha llegado a ocho en el conteo, le habla. El cuerpo de Taylor está arriba, pero su mirada está perdida y no reacciona. Cuando faltan solo dos segundos para que termine la pelea el árbitro la para. Chávez acaba de ganar por KO técnico. Una historia que de haber sido emitida en el cine hubiese sido merecedora de varios Óscar.

Tras este dramático desenlace, escrito por las hadas del boxeo, hubo una revancha años después. En esta segunda pelea, Chávez ya era un dios viviente del boxeo y Taylor un buen boxeador, pero nada más. En esa ocasión Chávez ganó de manera contundente. Con esta segunda victoria acalló los rumores que tildaron de robo su primera pelea contra Taylor.

El tiempo pasó, Taylor volvió a ser campeón pero nunca se recuperó de ese bombazo a la mandíbula que le propinó Chávez. Tuvo problemas físicos y actualmente su cuerpo y su cerebro no funcionan a la misma velocidad. Chávez por su parte, aupado a los altares del boxeo en la eternidad, quiso ser Ícaro, y subió tan alto que acabó descendiendo a un infierno de ruina, bancarrotas, denuncias y adicciones. Para suerte de todos salió de ese infierno que parecía escrito por Dante y al finalizar su carrera acumuló un récord de 107 victorias en 115 peleas.

Aún resuenan los ecos de esa pelea, la voz inmortal de Búfalo pidiéndole a Chávez que tirase todo lo que tenía. Las quejas de la esquina de Taylor contra el árbitro por parar una pelea que estaba ganada a dos segundos del final. El fervor de catarsis de un público que no acababa de creer lo que estaba presenciando ese día. Más allá del resultado, la historia protagonizada por Chávez y Taylor ese 17 de marzo de 1990 nos dejaron esa valiosa lección que tanto aparece en las películas de boxeo: cualquier púgil arriba del ring, da igual si va ganando o perdiendo, está a un solo golpe de diferencia de cambiar la historia.

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