Michael Bentt: `El hombre que odiaba boxear´

AEBOX/Juan Álvarez/ — Suena el despertador por la mañana. En todos los lugares y países del mundo, en todas las tierras allende mares y montañas, un niño en algún lugar se despierta y su primer pensamiento es ser campeón del mundo de boxeo. Sueña con la gloria y con las gestas de héroes gigantes pasados. Sueña con provocar una catarsis de gritos que crece como una tormenta al noquear a su rival, como ya hicieron otros. Tal vez, algún día, su rostro jalonará las paredes de algún vetusto cubículo de entrenamiento, donde se mezclan los olores del cuero de los sacos, la sangre de los neófitos y la vaselina que cubre sus rostros. Nada más despertarse dará su vida por el boxeo, su pasión. Nunca estos fueron los pensamientos de nuestro protagonista, que protagoniza una de las historias más trágicas, aunque con final, feliz, de la historia del boxeo reciente. Michael Bent, de raíces jamaicanas, es el campeón del mundo de los pesos pesados más improbable de los 90´sobre todo por un hecho que le diferencia de la casi totalidad del resto de boxeadores. Michael Bentt odia el boxeo. Desde su más tierna infancia, y bajo el yugo de su padre, admirador irracional de Muhamad Ali y lo que éste había conseguido, decidió de manera unilateral que su hijo sería campeón del mundo de los pesos pesados y haría todo lo que estaba en su mano para conseguirlo. Por este camino, no obstante, se le olvidó preguntarle a su hijo si estaba de acuerdo con su decisión. Bentt, sin embargo, odiaba el oxeo. Le horrorizada ver como dos hombres se pegaban sin cuartel en medio de un cuadrilátero. Odiaba ese acto primitivo y ancestral en el que dos hombres dirimen a golpes quién es el mejor de los dos. Una noche en la que, como tradicionalmente ocurría, Bent padre e hijo estaban sentados frente al televisor viendo boxeo, Michael se armó de valor y le espetó a su padre que él no quería boxear. Su padre, sin mediar palabra, arrancó la antena de la televisión y le propinó una soberana paliza. A la mañana siguiente, Michael fue apuntado a un gimnasio de boxeo contra su voluntad. bent 4ok Durante la historia boxística de Michael Bentt siempre encontramos a los ojos inquisidores de su abnegado padre tras él. A nuestro protagonista no le quedó otro remedio que obedecer a su progenitor e instruirse en el noble arte del boxeo, que para él era todo menos eso mismo. Contra todo pronóstico y teniendo en cuenta la falta de motivación que debería tener Bentt en cada combate que protagonizaba, la carrera boxística de nuestro protagonista seguía delante de manera satisfactoria: ganó cuatro veces el prestigioso torneo de los Golden Gloves en los pesos pesados, una hazaña que solo habían logrado hasta la fecha auténticos dioses del boxeo como Rocky Marciano y Ray Mercer. El proyecto personal de Bent padre estaba terminado. Con una gran marca amateur de 148 victorias y 8 derrotas, Michael estaba preparado para las grandes funciones. Bentt debía dar ya el salto al profesionalismo. Por otra parte, mientras su futuro profesional se tornaba rutilante, Michael comenzaba a sumirse en una profunda depresión, ahogado por la pesada carga que su padre le había puesto desde la infancia, la de salvar a toda su familia de la pobreza a base de golpes en el ring. Su debut en el profesionalismo se dio el 7 de septiembre de 1989 contra el estadounidense Jerry Jones. Su caminar hacia el ring, exento de toda pasión e ilusión, sería premonitoria de lo que pasaría después. Bentt subía al ensogado con la parsimonia de los obreros de Manchester entrando a una mina de carbón y con la misma mirada perdida que Lady Di el día de su boda con el príncipe Carlos. En el primer round Bentt se defendió y fajó con soltura, soltando competentes golpes sobre el cuerpo y rostro de su rival. A priori, no se apreciaba nada raro en su desempeño. En el último minuto de este primer round y tras una lluvia de golpes de su rival, comienza a apreciarse el terror en sus ojos. Tras dos caídas y una cuenta de diez pierde su primera pelea como profesional. Bentt fue despreciado por todos. Su padre le trataba como un apestado tras su derrota. Los medios, ilusionados con su carrera amateur, ahora le ridiculizaban e incluso cuestionaban esos torneos que había ganado. Se sumió en una depresión que le tuvo casi un año encerrado en su habitación. Llegó a ponerse una pistola en la garganta, pero el valor que no aparecía en el ring tampoco apareció en este caso. No fue capaz de apretar el gatillo. Sólo una persona creyó en él. El entrenador de la figura Evander Holyfield le llamó para que fuera sparring de su pupilo y éste aceptó. A fin de cuentas, con 26 años de edad, boxear era lo único que sabía hacer, era su trabajo, y tal vez el ser sparring de boxeadores profesionales sería una salida laboral digna y que no entrañaría tantos riesgos como un combate serio. En los entrenamientos y sin la presión de pelear de manera profesional, Bentt sorprendió a propios y extraños; todos los allí presentes dijeron que era imposible dilucidar si era él o Holyfield el profesional o el sparring. Le convencieron de volver a boxear de manera profesional. Aceptó, una vez más, por temor a las represalias de su padre y no por amor a lo que estaba haciendo. Michael Bentt ganó diez peleas consecutivas y se colocó de manera sorpresiva como uno de los mejores boxeadores de los pesos pesados allá por 1992, cuando la división estaba cebada de nombres que más tarde acabarían en el Hall de la Fama. Tras su décima victoria consecutiva le llegó la oportunidad de su vida, con lo que su padre había soñado para él desde su tierna edad. Tommy Morrison, la esperanza blanca del boxeo estadounidense y conocido por haber participado en la saga de películas Rocky le había ofrecido disputar el título de la OMB. Morrison había pensado en él como un rival difícil pero asequible como preparación antes de enfrentarse a Sir Lennox Lewis. Bentt y Morrison se citaron el 29 de octubre de 1993 en Tulsa por la faja de la OMB de los pesos pesados. Nada a simple vista parecía indicar que el resultado fuera diferente al de años antes frente a Jerry Jones. Morrison, con una mirada capaz de derretir el hielo, parecía dispuesto a finiquitar a Bentt en el primer asalto. Esta vez el desenlace podía ser hasta peor. Con el sonido de la campana y el inicio de hostilidades, Bentt fue un mero saco de boxeo frente a Tommy “Gun”, que golpeaba arriba y abajo a placer. El pánico se apreciaba de nuevo en la mirada de Bentt. Pero algo pasó. Bentt comenzó a ir hacia adelante y a conectar sólidos golpes sobre Morrison, que cae. Otra vez. Una tercera vez. Todas en el primer asalto. El árbitro para la pelea. Michael Bentt ha ganado el mundial de los pesos pesados. Es el nuevo campeón del mundo. Bent Ok5 El reinado de Bentt como monarca ecuménico de los pesados fue corto, al igual que el de los emperadores romanos durante la anarquía militar del siglo III, que duraban en el trono imperial unos meses. Tras conseguir su proyecto vital, Bentt se armó de la suficiente fuerza como para alejarse de los dos aspectos de su vida que más dolor le habían causado a lo largo de su vida: el boxeo y su padre. Estuvo un año sin entrenar, inactividad que tuvo que aparcar de manera forzosa para defender de manera obligatoria su cinturón contra el británico de ascendencia nigeriana Herbie Hide en el mítico estado del Millwall en los suburbios de Londres. Sería su segunda y última derrota. Si bien el cuerpo de Bentt estaba presente, su mente había soltado su último golpe contra Tony Morrison. Fue una derrota sin paliativos. Una derrota que casi le costó la vida pero que más tarde le salvó. Tras perder por KO en el primer round, de camino a los vestuarios, se desmayó. Permaneció en coma más de tres días para terminar despertando. Las noticias del médico no eran muy halagüeñas. No podía volver a boxear. Bentt respiró aliviado. Se había deshecho de la pesada cadena del deber que le había atado al boxeo desde su juventud y ahora podía comenzar una nueva vida. Comenzó un curso de periodismo y comenzó a trabajar para diarios deportivos especializados. Hizo cursos de interpretación y comenzó a aparecer en películas, además de asesorar a personajes famosos que debían caracterizarse de boxeadores para interpretar algún papel. Años después y alejado del boxeo, Bentt es un hombre feliz. Lo tiene todo porque renunció a su antigua vida. Nunca una derrota había sido tan positiva para alguien como lo fue para Michael. La historia de Michael Bentt nos demuestra que el talento por sí mismo no sirve de nada. Michael tenía talento pero no le sirvió para seguir boxeando. El boxeador que odiaba boxear nos enseñó que sea cual sea nuestro sueño, para lograrlo solo necesitamos pasión.

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