«Boxing Crew Don Álvaro» y «Escuela de boxeo olímpico de Cáceres» – Pegas como una chica

AEBOX/Juan Álvarez/ — El viejo mundo muere. Bajo la superficie y los ídolos construidos en mármol, el empuje de lo que comienza a nacer, repiqueteo incesante, abre brecha en lo que se resiste a morir.

La realidad se impone hasta transformar en fina arena las ideas que solo décadas antes se constituían como bloques monolíticos de dura piedra.
Nuestro deporte, el noble arte de las 16 cuerdas, no es ajeno al poderoso devenir histórico. El altar del cuadrilátero, antes territorio solo apto para los hombres más rudos y quintaesencia de la masculinidad, dejan paso, cada vez más, a representantes del mal llamado “sexo débil”. Las mujeres aporrean con sus guantes de crin las puertas del pugilismo.

Paso a paso, golpe a golpe, en todos los puntos de la geografía española
comenzamos a ver cómo aumenta el componente femenino en nuestros gimnasios. Las pioneras, que (por desgracia) eran más la anécdota chistosa en un crisol de hombres son ahora la inspiración de una nueva generación de boxeadoras, esperanza de muchos de estos establecimientos.

Extremadura, en otro tiempo tierra de conquistadores y hoy huérfana de tren e instituciones deportivas que apoyen nuestro deporte (tanto al AVE como a la Federación Extremeña de Boxeo ni están ni se les esperan). Abandonados por practicar deporte minoritario, los clubes comienzan a tejer lazos para entrenar juntos, crear redes de ayuda y favorecer que las alumnas vean que no son una excepción sino que empiezan a convertirse en la norma en muchos gimnasios. En el caso del boxeo extremeño, solo el
pueblo salva al pueblo.

11 de la mañana en una nebulosa jornada matutina invernal. Bajo las órdenes de Alessander y Raúl, un grupo de chicas ejecutan de manera robótica frente al espejo los movimientos que sus mentores ordenan a viva voz. A pesar de que ningún púgil extremeño, masculino o femenino ha participado en el campeonato de España (ni siquiera se ha realizado la correspondiente competición regional) las boxeadoras lucen forma de competición. La concentración de sus rostros en un simple entrenamiento
evoca a la calma que precede a la tempestad del compromiso competitivo.

Aunque para las extremeñas no haya torneo la rutina de entrenamiento diaria no pierde un ápice de intensidad.
Las paredes del “Boxing Crew Don Álvaro” y “Escuela de Boxeo Olímpico de Cáceres” aparecen jalonadas de carteles de antiguas veladas. En este collage de papel satinado, endurecido y desgastado por el tiempo, no aparecen mujeres, testigos de épocas y tradiciones extintas. Frente a un pasado en el que las mujeres poco tenían que decir en nuestro deporte, el futuro se encuentra en esa misma sala, en carne y hueso, en vaselina, sudor y cuero, entrenando los golpes que algún día las llevarán a la gloria y a cubrir con
su nombre las arquitecturas de futuros estadios.

Con disciplina castrense, cada golpe de silbato da paso al inicio de las hostilidades. Los costales no entienden de sexo y absorben todos los golpes que las peleadoras lanzan. A su debido tiempo, cuando la pandemia y las instituciones lo permitan, estás jóvenes extremeñas, llevadas desde la cuna por sus entrenadores, tendrán oportunidad de mostrar lo que esconden dentro de sus guantes.

Sus referentes cada vez son más claros, accesibles, alcanzables e imitables. Las boxeadoras que se vendaron los nudillos hace décadas solo podían soñar con imitar a Tyson, Ali, Poli o Castillejo; las chicas de Don Álvaro y Cáceres imitan el estilo de Joanna Pastrana, Katy Díaz, Jennifer Miranda. Sus sueños y éxitos llegarán tan lejos como sus ganas y dedicación lo permitan.

Termina el tiempo de la comba, sombra y saco. Las manoplas de los mentores cortan el vapor del gimnasio en dirección a las alumnas que golpean, esquivan y salen de la distancia. El percutir de sus guantes en el objetivo rítmicamente hace las veces de metrónomo dentro del ring.

Suena la campana del final del entreno y, tras los estiramientos, las chicas abandonan la seriedad espartana que nuestro deporte requiere; en sus rostros se vislumbran sonrisas adolescentes, satisfechas del trabajo realizado. La curiosidad de conocer a chicas de su edad, con sus mismas inquietudes, aficiones y sueños ocupa ahora sus pensamientos y
conversaciones.

Tras los saludos, abrazos y promesas de un próximo encuentro la
jornada finaliza. En la parte trasera de los vehículos y de camino a casa todas estas guerreras, sin saberlo, han hecho algo que va más allá de un simple entrenamiento: a cada golpe que dan, cada mano que esquivan, cada aleteo atlético de sus piernas dentro del ring, tiran una muralla más, desaparece una barrera. Sin más ayuda que la de sus entrenadores, boxeadoras repartidas por todos los gimnasios de nuestro país, en una
empresa quijotesca, nos hacen querer pelear como ellas; después de verlas a ellas, queremos pelear como una chica.

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