AEBOX/José González “Ronin” – Cuando Mike Tyson irrumpió en el boxeo mundial, parecía que nunca antes se había visto algo parecido. Un peso pesado compacto, de cuello imposible, piernas poderosas y una forma de avanzar que convertía cada combate en una persecución. Tyson no caminaba hacia sus rivales: los acorralaba. No lanzaba golpes para puntuar, sino para hacer daño, mucho daño.
En 1986, con apenas veinte años, derrotó a Trevor Berbick y se convirtió en el campeón mundial de los pesos pesados más joven de la historia. El mundo descubrió entonces una mezcla de velocidad, violencia controlada e intimidación que cambiaría para siempre la imagen del peso pesado.
Pero mucho antes de que Tyson aterrorizara a sus rivales bajo las luces de Las Vegas, en España ya habíamos tenido a un hombre construido con una madera parecida.
Se llamaba Paulino Uzcudun.
Había nacido en 1899 en Régil, Guipúzcoa, dentro de una familia humilde y numerosa. Antes de ser boxeador había trabajado la tierra, pasado por el matadero y practicado como aizkolari, cortando troncos en las pruebas tradicionales vascas. Quizá por eso, cuando comenzó a pelear, cada golpe suyo parecía llevar dentro el peso de un hacha. En Estados Unidos terminarían conociéndolo como “The Basque Woodchopper”, el Leñador Vasco. No era un apodo inventado por una campaña publicitaria. Era una descripción.
Uzcudun no tenía el físico gigantesco que hoy asociamos a los pesos pesados. Medía alrededor de 1,78 metros, pero estaba hecho de una pieza. Era fuerte, compacto, resistente y terriblemente incómodo. Boxeaba agachado, con una guardia cerrada y cruzada, avanzando constantemente, soportando castigo y respondiendo con un gancho de izquierda capaz de cambiar un combate.
Cuando veo sus imágenes antiguas, salvando las diferencias técnicas y las enormes distancias entre épocas, encuentro algo que años después volveríamos a reconocer en Tyson: el peso pesado bajo, poderoso, que necesita entrar en la distancia corta y que convierte la presión en su principal arma.
Tyson fue velocidad, explosividad y precisión aprendidas bajo la enseñanza de Cus D’Amato. Uzcudun fue dureza, fortaleza campesina y una capacidad casi primitiva para continuar avanzando. Tyson se movía por debajo de los golpes para entrar como un resorte. Paulino se protegía, cerraba espacios y aceptaba atravesar el fuego para alcanzar a su rival.
No eran el mismo boxeador.
Pero compartían algo que no se puede enseñar completamente en un gimnasio: la capacidad de hacer sentir al contrario que la pelea iba a ser dura, dolorosa y profundamente desagradable.
Paulino se proclamó campeón de España de los pesos pesados en 1924 y campeón de Europa en 1926. No fue una celebridad limitada a nuestras fronteras. Viajó a Francia, Alemania, Italia, Cuba y Estados Unidos cuando hacerlo significaba cruzar océanos durante semanas, pelear lejos de casa y enfrentarse a hombres protegidos por sus propios promotores, públicos y jueces.
Y allí no eligió caminos fáciles.
Compartió ring con Max Schmeling, Max Baer, Primo Carnera y Joe Louis, cuatro nombres fundamentales de la historia del peso pesado. Se enfrentó tres veces a Schmeling y dos veces a Carnera. En 1933 disputó frente al gigante italiano una pelea por el campeonato mundial en Barcelona, recorriendo los quince asaltos antes de perder por decisión.
Eso es algo que, visto desde la comodidad actual, quizá no valoramos suficientemente.
Paulino Uzcudun peleó contra hombres que hoy aparecen en todos los libros de historia. No fue hasta Estados Unidos para completar carteles ni para interpretar el papel del valiente europeo. Fue a competir. A demostrar que un español procedente de un pequeño pueblo vasco podía subir al mismo cuadrilátero que los mejores pesos pesados del planeta y mirarles directamente a los ojos.
En 1935, ya cerca del final de su carrera, regresó para enfrentarse a un joven Joe Louis. Aquel Louis era una tormenta perfecta: velocidad, técnica, potencia y una frialdad extraordinaria. En el cuarto asalto consiguió detener a Uzcudun, quien aun castigado pretendía continuar. Fue una imagen que simbolizaba perfectamente toda su carrera: el cuerpo podía empezar a fallar, pero Paulino seguía queriendo avanzar.
Mike Tyson llegó en una época diferente. La televisión convirtió sus knockouts en acontecimientos internacionales. Su imagen recorrió el mundo. Sus combates podían terminar antes de que muchos espectadores encontraran su asiento. Cada rival derrotado alimentaba el mito de un hombre invencible.
Uzcudun no tuvo televisión, redes sociales ni grandes documentales que conservaran cada una de sus noches. Buena parte de su boxeo quedó atrapada en fotografías, crónicas amarillentas y pequeños fragmentos de película. Por eso Tyson forma parte de la memoria colectiva mundial, mientras Paulino permanece demasiado escondido incluso para muchos aficionados españoles.
Y quizá esa sea la verdadera razón para recordarlo.
No necesitamos afirmar que Uzcudun fue mejor que Tyson. Tampoco convertirlo en algo que no fue. Tyson fue un talento irrepetible, uno de los pesos pesados más explosivos y fascinantes de todos los tiempos. Pero Paulino fue nuestro pionero. El hombre que, muchas décadas antes, ya representó esa figura del peso pesado compacto, agresivo, resistente y dispuesto a entrar en territorio enemigo sin pedir permiso.
Como entrenador, siempre digo que conocer el pasado ayuda a comprender mejor lo que vemos en el presente. Cada estilo tiene antecedentes. Cada gran campeón recoge, consciente o inconscientemente, algo que otros hombres dejaron antes sobre la lona.
Cuando el mundo descubrió a Mike Tyson, quedó impresionado por aquel cuerpo bajo y poderoso que avanzaba lanzando golpes con la intención de destruir.
Nosotros, muchos años antes, ya habíamos visto avanzar a un hombre parecido.
Venía de Régil, había cortado troncos antes de cortar distancias y llevó el nombre del boxeo español hasta los cuadriláteros más importantes del mundo.
Se llamaba Paulino Uzcudun.
Y mientras sigamos contando su historia, el Leñador Vasco continuará avanzando.
FUERZA, HONOR Y MUCHO BOXEO


