AEBOX/Ángel Arroyo/—Hay historias que el boxeo nunca debería olvidar.
La de Prichard Colon es una de ellas.
El joven puertorriqueño llegó a aquella noche de octubre de 2015 invicto, con un récord de 16-0 y 13 victorias antes del límite, y con todo el futuro por delante. Era uno de los talentos llamados a convertirse en una de las grandes figuras del boxeo puertorriqueño.
Pero aquella noche, en Fairfax, Virginia, su vida cambió para siempre.
Colon terminó en coma después de enfrentarse a Terrel Williams. Una pelea que hoy, casi once años después, sigue resultando difícil de entender cuando se revisan las imágenes y se recuerda la cantidad de golpes ilegales que recibió el puertorriqueño en la parte posterior de la cabeza.
Prichard sobrevivió.
Pero su vida ya nunca volvió a ser la misma.
Durante más de una década permaneció gravemente afectado por las lesiones cerebrales provocadas por aquella pelea, necesitando cuidados constantes y permaneciendo en silla de ruedas.
Ahora ha llegado el final.
Prichard Colon ha muerto a los 33 años.
Y con su muerte vuelve inevitablemente una pregunta que lleva años acompañando esta historia:
¿Pudo haberse evitado aquella tragedia?
Dos factores que no pueden olvidarse
En aquella pelea confluyeron dos circunstancias que resultaron devastadoras: un rival que insistió en utilizar golpes ilegales y un árbitro que no fue capaz de detenerlos a tiempo.
El rival era Terrel Williams.
El árbitro, Joseph Cooper.
Los golpes detrás de la cabeza están prohibidos en el boxeo por una razón muy sencilla: pueden provocar lesiones neurológicas extremadamente graves.
No son golpes más.
No son una parte más del combate.
Son golpes que no deberían permitirse.
Y aquella noche se produjeron demasiados.
Williams lanzó repetidamente golpes a la zona posterior de la cabeza de Colón. Algunos fueron evidentes. Otros llegaron en situaciones en las que el árbitro tenía la obligación de intervenir.
Y ahí aparece la segunda parte de esta tragedia.
¿Dónde estaba el árbitro?
Un árbitro no está sobre el ring únicamente para contar las caídas o separar a los boxeadores cuando se agarran.
Su responsabilidad principal es proteger a los púgiles.
Debe controlar que se respeten las reglas y, cuando un boxeador insiste en cometer infracciones peligrosas, debe actuar.
En aquella noche, Joseph Cooper llegó a advertir oficialmente a Williams por sus acciones, pero no llegó a descalificarlo.
Y cuesta no preguntarse qué habría ocurrido si la intervención hubiera sido mucho más contundente.
Porque cuando un boxeador repite una conducta ilegal y peligrosa, una simple advertencia puede no ser suficiente.
El árbitro tiene herramientas.
Puede restar puntos.
Puede detener el combate.
Puede descalificar.
Y, por encima de todo, puede impedir que un boxeador continúe recibiendo golpes que están expresamente prohibidos.
Una pelea que se convirtió en una pesadilla
Colon llegó invicto al combate.
Durante el enfrentamiento recibió numerosos golpes ilegales en la parte posterior de la cabeza y terminó siendo derribado en el séptimo y octavo asalto.
Después del combate comenzó la pesadilla.
Su estado empeoró rápidamente y tuvo que ser trasladado a un hospital. Posteriormente permaneció en coma y los médicos determinaron que había sufrido una gravísima lesión cerebral.
A partir de ahí comenzó una batalla completamente diferente.
La familia de Prichard dedicó los siguientes años a cuidarlo y a buscar cualquier posibilidad de recuperación.
Su madre, Nieves Meléndez, permaneció a su lado durante todo este tiempo.
Prichard ya no volvió a ser aquel joven que subía al ring dispuesto a conquistar el mundo.
El boxeador que tenía un récord perfecto desapareció.
Pero permaneció el hombre.
Y permaneció su familia.
No fue simplemente “mala suerte”
El boxeo es un deporte peligroso.
Eso nadie lo puede negar.
Los boxeadores entrenan sabiendo que pueden resultar heridos y que cada combate implica riesgos.
Pero aceptar el riesgo inherente al boxeo no significa aceptar que se permitan acciones que las propias reglas consideran ilegales.
Un accidente puede ocurrir.
Un golpe perfectamente legal puede provocar una tragedia.
Pero cuando aparecen repetidamente golpes prohibidos detrás de la cabeza, la situación cambia.
Y cuando esos golpes no son detenidos, también hay que preguntarse por qué.
Por eso resulta tan difícil contemplar el caso de Prichard Colón y limitarlo a una simple desgracia deportiva.
Hay decisiones humanas detrás.
Hay acciones dentro del ring.
Y hay responsabilidades que deben analizarse.
El precio de una advertencia que quizá no fue suficiente
No podemos saber con absoluta certeza qué habría sucedido si Williams hubiera sido descalificado antes.
Nadie puede regresar a aquella noche y cambiar la historia.
Pero sí podemos hacernos la pregunta.
¿Qué habría ocurrido si los golpes ilegales se hubieran detenido desde el primer momento?
Quizá nada habría cambiado.
O quizá Prichard Colon estaría hoy viviendo otra vida.
Esa incertidumbre es precisamente una de las partes más dolorosas de esta historia.
Porque lo único que sabemos es lo que ocurrió después.
Un joven invicto terminó en coma.
Una familia pasó más de una década cuidando de él.
Y hoy, con solamente 33 años, Prichard Colón ya no está.
El boxeo tiene que aprender
La tragedia de Colon no debería servir únicamente para recordar a un boxeador que tuvo mala suerte.
Debe servir para recordar que las reglas existen para proteger vidas.
Los árbitros tienen una responsabilidad enorme.
Los entrenadores tienen una responsabilidad enorme.
Los boxeadores también.
Y las comisiones deportivas tienen la obligación de garantizar que el reglamento se aplique con la máxima firmeza cuando está en juego la integridad física de un deportista.
Después de lo ocurrido con Colon, el propio Consejo Mundial de Boxeo creó la llamada Regla Prichard Colón, un reconocimiento que demuestra hasta qué punto su historia impactó en el deporte.
Prichard también fue nombrado Campeón Honorario del WBC en 2021.
Pero ningún cinturón puede devolverle los años que perdió.
Ningún homenaje puede devolverle aquella vida que tenía por delante.
Prichard Colón no debe ser olvidado
He visto boxeadores sufrir lesiones terribles.
He visto carreras terminar de un día para otro.
He visto tragedias sobre un ring.
Pero hay algo especialmente doloroso en el caso de Prichard.
Porque no estamos hablando solamente de un boxeador que murió después de una carrera llena de combates.
Estamos hablando de un joven que tenía 23 años cuando aquella pelea cambió su vida y que pasó los siguientes diez años viviendo las consecuencias de aquella noche.
Hoy solo queda el recuerdo.
Y también una obligación para quienes amamos este deporte.
No podemos olvidar lo ocurrido.
No podemos normalizar los golpes ilegales.
No podemos mirar hacia otro lado cuando un boxeador insiste en infringir las reglas.
Y no podemos olvidar que detrás de cada récord, de cada cinturón y de cada espectáculo hay una persona.
El boxeo es un deporte de riesgo.
Pero precisamente por eso quienes están dentro del ring tienen que ser los primeros interesados en protegerlo.
Prichard Colón pagó un precio demasiado alto.
Y su historia debería recordarnos que, cuando un comportamiento puede poner en peligro la vida de un boxeador, no basta con advertir. Hay que actuar.
Inmediatamente.
Descansa en paz, Prichard.


