Billy Collins Jr vs Luis Resto – La noche más sucia del boxeo

AEBOX/Juan Alvarez/ — “No puedes jugar al boxeo”. Una frase que nos repetimos como un mantra una y otra vez. La recordamos cada vez que subimos al ring a hacer sparring con nuestros compañeros de gimnasio; cada vez que vemos que un boxeador recibe un ko severo; cuando un guerrero del ring termina en el hospital. Conscientes de la peligrosidad de la dulce ciencia, durante las últimas décadas los diferentes organismos y promotoras han tomado mayores medidas de protección para los pugilistas antes y después de cada combate; en ello les va la vida a los protagonistas de este deporte. Sin embargo, cada año y de manera irremediable, las 16 cuerdas se cobran como peaje varios guerreros que tuvieron que pagar un altísimo peaje para introducirse en el ensogado.

Si Caronte exigía dos monedas para cruzar la laguna Estigia, los dioses del boxeo, en ocasiones, se cobran una vida. Guantes más seguros, más controles médicos, monitoreo de la salud de los boxeadores a diario… Intentamos que nuestro amado deporte no arranque ni una vida
más. Las medidas de seguridad, no obstante, no pueden hacer nada contra la mala fe de la raza humana.

William Ray “Irishman” Collins Jr, nacido en Nashville en 1961, es la víctima más trágica de lo que la maldad humana puede hacer encima de un ring del boxeo. Su corta carrera (14-0) no pasó de prometedora, un mero susurro que pronto se perdió en el viento. Cuando su trayectoria sobre el ensogado comenzaba a dar sus primeros pasos, como si de un infante se tratara, un rival sin escrúpulos le paró los pies.
Su carrera profesional comenzó el 2 de diciembre de 1981 contra Kevin Griffin en el Casino Hotel en Atlantic City. Victoria por KO. Así las siguientes 13 peleas. “The Irish” Collins se colocaba como un brillante prospecto en la categoría de los medianos junior. El padre tiempo, ese que avanza inexorable para los boxeadores y que a los más
longevos aparta poco a poco de la actividad, todavía le era favorable, ya que con 22 años seguía invicto y granjeándose un hueco en la industria. Poco a poco su nombre aparecía en carteleras más jugosas y su destacaba con un mayor tamaño en los carteles.

La primera gran oportunidad de lucir en todo el país le llegaría el 16 de junio de 1983. Pelearía nada más y nada menos que en uno de los templos del boxeo moderno, el Madison Square Garden de Nueva York. Con 22 años su nombre ya aparecía en el mismo cartel que la leyenda de los pesos medios, Roberto “Manos de Piedra” Durán, que esa noche defendería el título contra Davey Moore. El rival de Collins sería el boxeador boricua Luis Resto, bastante mayor que él, con menos facultades boxísticas y
con un récord mediocre (20-8-2). La noche, en teoría, se presentaba favorable para Collins, que tendría oportunidad de lucirse, de escuchar como nada más y nada menos que Michael Buffer le presentaba ante el respetable. Hasta Muhammad Ali se había interesado por el desempeño del joven pelirrojo. Nada más lejos de la realidad.
12 asaltos de combate que pasarán a la historia negra del boxeo mundial. Hasta que no hubo terminado, nadie fue consciente del horror que estaban presenciando. Un horror sucio, invisible e imperceptible. Un horror provocado por Luis Resto y su entrenador, Panama Lewis: Resto peleaba con guantes trucados.

La pelea pactada a la distancia diez asaltos comienza. Los asaltos se suceden. Collins, más técnico, cabecea y contragolpea. Resto, rústico, sin movimiento de cadera, suelta golpes aislados. La mayoría de los asaltos se dan en el centro del ring. Ninguno de los dos evita el cruce de metralla.
Viendo el transcurrir de la contienda, algo raro se aprecia en el desempeño de ambos contendientes. A pesar de que los cruces de golpes son similares, prácticamente desde la primera campana el rostro de Collins comienza a hincharse de manera exagerada. Antes de que la mayoría de los espectadores hayan ocupado sus asientos, la cara del estadounidense parece haber sido testigo de una titánica pelea a 15 asaltos. Resto, un
boxeador que no es conocido por su pegada (solo un 25% de ko en sus victorias) hace gala de una potencia de fuego que comienza a desfigurar el rostro de su rival y lo tambalea alrededor del ring. Cada vez que Collins sale a un nuevo episodio, sus pómulos y cejas están más hinchados su rostro más lacerado, los ojos más cerrados.

Cada minuto de descanso en la esquina respira profundamente, intentando recuperarse, esperando que esa inhalación profunda repare el tremendo correctivo que los puños de su rival le están infligiendo.

En la esquina de Collins comienzan a darse cuenta de que pasa algo extraño. El propio Collins le dice a su entrenador (y padre) que no se esperaba la dureza de los golpes de Resto. Su padre le dice que va a parar de la pelea, consciente de que los impactos del contrincante están dañando seriamente a su pupilo y de que la pelea se está perdiendo a los puntos; no tienen ya nada que ganar y mucho que perder. Collins Jr., todo corazón,
y como cabría de esperar de un boxeador, le dice a su padre que quiere continuar- «Es mucho más fuerte de lo que creí… mucho más. No creí que Resto pegara tan fuerte. Pareciera que tiene ladrillos en las manos», le aseguraba Collins Jr. a su padre en uno de los rounds.
–»¿Quieres que detenga la pelea?», le preguntó
–»No. Voy a noquearlo», le respondió.
–»Eres demasiado lento Collins. Muy lento», le gritaba desde la otra esquina Panamá Lewis, entrenador de Resto.

La pelea sigue su curso. Resto golpeando a placer. Collins solo tiene corazón, ni piernas, ni oxígeno, ni fuerza para lanzar más golpes. Hace rato que no parece un boxeador, sino un saco de boxeo. Un tancredo con guantes. Al inicio del décimo, la cara de Collins está desfigurada, como si sobre su rostro hubieran aplicado kilos de engrudo que se va amoratando por momentos. A pesar de que sigue intentando lanzar golpes, su físico no da más de sí. Pelea por mantener la verticalidad y Resto aprovecha para
golpear a placer. El combate termina con un Resto victorioso y un Collins contrariado que acaba de perder su invicto.

Cuando Resto se acerca a la esquina de su rival para saludarle de manera deportiva, Collins Sr. le coge las manos y examina los guantes. Al agarrarlos nota algo raro.
Enseguida pone el grito en el cielo y avisa a árbitros y jueces mientras Resto intenta huir. A pesar de que la mecha de la polémica ha comenzado, los tres jueces dan el resultado de sus tarjetas y Michael Buffer proclama como ganador a Luis Resto por decisión unánime.

Las insistencias por parte de Collins Sr. de que se examinaran los guantes hicieron que estos fueran incautados y se destapó el escándalo. La Comisión Atlética de Nueva York dictaminó que los guantes habían sido manipulados en su interior. El entrenador de Resto, Panama Lewis, les había retirado una onza de espuma. Unos dicen que esa onza de menos en cada guante hizo que la pegada de Resto fuera más dura, mientras que otros sostienen que en detrimento de la espuma se introdujo yeso en esos guantes
malditos. No contentos con cometer esa aberración, mojaron el vendaje de las manos de Resto para que sus vendas se tornaran en auténticas rocas, e incluso disolvieron medicamentos contra el asma en su agua para tener más capacidad respiratoria en el combate. Tras la investigación se cambió el resultado de la pelea a “No decisión”.

Esa sería la última pelea de los dos púgiles. Tanto Resto como Panama Lewis fueron inhabilitados para la práctica del boxeo. Resto fue condenado a tres años de cárcel debido a la demanda que interpuso la familia de Billy Collins, que le acusó de estafa y agresión con arma blanca.
La peor parte, evidentemente, se la llevó Collins Jr. Su calvario acababa de comenzar.

Tras visitar el hospital después del combate, los doctores le informaron que los más de 450 golpes que recibió en la cabeza le habían dañado seriamente los ojos. De ninguna de las maneras podría volver a pelear. A partir de ahí y durante los siguientes nueve meses, la vida de Collins fue una caída a los infiernos del alcohol, las drogas y la depresión. En marzo del año siguiente precipitó su coche contra un barranco, dejando a su esposa embarazada con solo 18 años. Su padre dijo que Collins Jr. murió la noche que se enfrentó a Resto.

El coqueteo con la muerte es el trágico tributo que los boxeadores deben pagar en su escalada a la inaccesible cima de la gloria. Si bien todos pagan el tributo, poco logran coronar ese pico impracticable. Casi 30 años después se sigue recordando esa noche como una de las más aciagas del noble arte, que nos hace recordar cada vez que boxeamos que tenemos en nuestros puños la vida de una persona, dejando una vez más claro que esto no es un juego.

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