Perico Fernandez y la historia de un talento desperdiciado

AEBOX/Juan Alvarez/ — Lorenzo le repetía esta aseveración una y otra vez a su hijo Calogero en la oscarizada película “Una historia del Bronx”. Pocos humanos son ungidos con la varita de los dioses nada más nacer. Sólo uno entre un millón es forjado en un molde destinado a la grandeza, y solo de ellos depende cumplir con su destino una vez que salen de la fragua.

En la dulce ciencia, en medio del marasmo de púgiles que a base de entrenos, tesón y corazón llegan a campeones, encontramos a algunos que llegan a la cima simplemente porque nacieron para ello. El transcurrir del padre tiempo nos ha obsequiado a lo largo de la historia de nuestro deporte con boxeadores con un don para la defensa, con una quijada granítica o con una potencia de puños similar a la de una barra de acero. El boxeador maño Perico Fernández, uno de los nuestros, pertenecía a esta última raza de privilegiados.

Perico no sabe qué día nació. Nadie lo sabe. Su madre biológica le entregó en un hospicio zaragozano nada más traerle a este mundo. Un niño en una cesta, una llamada a la puerta y el olvido para siempre de un vástago. Se le asignó el 19 de octubre de 1952. La infancia de Perico en el desangelado ecosistema de los orfanatos de la autarquía franquista le atravesaron como un rayo que no cesa y tendrían decisivo peso en su porvenir. Se crió y creció en medio de la violencia y la deshumanización de infantes que se exponen como ganado ante familias que acaban escogiendo al chico de al lado. En este bioma Perico entendió pronto, como muchos otros boxeadores, que solo a golpes podría aplacar el hambre una vez saliera del hospicio Pignatelli. Así lo hizo.

Perico salió a los 18 años de un hospicio para entrar en un gimnasio. Los puños que le defendieron de los chicos mayores que él le proporcionaban pan trabajando de carpintero; de momento, el boxeo era solo un pasatiempo, el trasvase natural para su talento con los puños cerrados. En 1970 se enfundó por primera vez los cueros y en 1972 debutó. Ese 20 de mayo, tras su victoria ante José Luis Carrera en el Palacio de los Deportes de Riazor, su entrenador y descubridor Martín Miranda comenzaba a ser
consciente de que la veta de talento de Perico acababa de ser descubierta y parecía tener kilómetros de profundidad.

La carrera de Fernández desde este primer combate hasta su última actuación dentro de las 16 cuerdas puede definirse con una palabra: pegada. Tal vez la pegada más fuerte de la historia del boxeo español. Fernández se presentó durante 15 años a cada combate con puños de acero envueltos en guantes de cuero. Perico, además, tenía una facultad natural con la que solo algunos boxeadores cuentan tras años de entrenamiento; sabía pegar caminando hacia atrás. A unos puños macerados en cloroformo, Perico agregó con los años cualidades boxísticas suficientes para dejar de ser calificado como un mero “tirapiedras” y contar con argumentos boxísticos que podían salvarle en cualquier desempeño.

Contaba, además, con un físico excepcional, natural por obsequio de la
genética. Cuando asestaba uno de sus poderosos cruzados con ambas manos, su musculatura se asemejaba a antiguas estatuas de inspiración helenística de palacios orientales. Instantes antes de asestar el golpe final, la tensión muscular de Perico lucía perfecta, confundiendo al púgil maño con un Laocoonte de carne y hueso. En poco tiempo se convirtió en un boxeador que exterminaba a sus rivales en los primeros episodios de la conflagración tras la finalización de esos violentos escorzos cargados de
poder.

Cuatro contiendas definen el grueso de la carrera del superligero Perico Fernández. Una en el ámbito patrio, tres en el ámbito mundial. También tres serían los púgiles contra los que se vio las caras en estas guerras.

Kid Tano es el primero de los rivales que cobran notoria importancia en la carrera boxística del maño. Tres años desde su debut y Perico ya se sentaba en la misma mesa que los mejores boxeadores españoles. El 3 de marzo de 1973 y tras una victoria a los puntos sobre Tano, España asistía a la primera coronación de Perico como campeón de los ligeros. No sería la última. En esta primera victoria en combate de título, Fernández comenzaba a demostrar algunas de las cualidades que le acompañarían toda su carrera.
La primera y más espectacular y determinante, su pegada. La segunda, el boxeo hacia atrás. A pesar de que Perico no rehusaba el intercambio de metralla en el medio del ring (igual que los grandes toreros), se movía hacia atrás por el tapiz como un envoltorio de caramelo dentro de una bolsa de aire caliente. No obstante, y a diferencia de la mayoría de los púgiles que se ven obligados a caminar hacia atrás, Perico era capaz de fijar con potentes jabs a sus rivales a modo de aviso de que había más de donde provenía ese
golpe.

Lion Furuyama. 21 de septiembre de 1974. Palazzetto dello Sport en Roma. Año y medio después de su título nacional y tras haber engrosado en 20 su glosario de víctimas, Perico Fernández tenía una cita con la historia. En esta ocasión la balanza de la justicia, aún con la venda en los ojos, se inclinó deliberadamente hacia el platillo hispano. Durante toda la contienda el nipón propuso y fue adelante. Perico, no obstante, confiaba que los aislados golpes de poder que llegaban al cuerpo y rostro de su adversario serían suficientes para conseguir la faja vacante. No fue suficiente y tuvo que
recibir la ayuda de las cartulinas. Al César lo que es del César. Perico había ganado injustamente.

Joao Henrique, el siguiente en esta peculiar lista, sería el Rubicón de Perico. Debía enfrentarse a los fantasmas de los púgiles españoles y sobrepasar con éxito la primera defensa del cinturón, reafirmarse como monarca ecuménico de los superligeros y demostrar que merecía el título que le fue injustamente arrebatado a Furuyama. El 19 de abril de 1975 se daba esta batalla en el Palacio de las Ventas en Madrid con un Perico que, como ya hemos dicho, defendía la faja del Consejo Mundial de Boxeo por primera
vez. A diferencia del resto de carrera, en que peleaba hasta tres veces por mes, desde su victoria ante Furuyama Perico solamente había peleado una vez. Tal vez, y adoleciendo esta falta de ritmo, Fernández empezó la pelea pesado, caminando hacia atrás pero sin conectar sus famosos puños en el objetivo rival. Henrique, por su parte, se desplazaba grácil sobre el ensogado, sin hacer daño pero puntuando, en idéntico desempeño que
habría servido a Furuyama para ganar si los jueces hubiesen sido justos.
Pasa la mitad de la pelea y algo cambia. Perico se acopla a la pelea y comienza a conectar de manera poderosa en las zonas hepáticas y parietales del contrincante carioca, que pierde progresivamente agilidad. Perico huele sangre y arrincona a Henrique, que comienza a recibir un correctivo más apropiado para malos apostadores que no pagan sus deudas. En el noveno asalto el referí Pierre Talayrac efectúa la cuenta progresiva hasta 10 que Henrique no es capaz de solventar. Perico se afianza como monarca mundial de los superligeros. Perico era campeón del mundo y por todo el mundo debía defender su cetro ecuménico.

Suansek Muansuring, el retador (¡En su tercera pelea profesional!) mandatorio, obligabaa Perico a desplazarse hasta Tailandia, el antiguo Reino de Siam, cuna del milenario Muay Thai, para retener lo que era suyo por derecho de conquista. Todo salió mal. Todo en esta pelea se planeó mal. Perico volvió a cometer la torpeza de pelear poco y mantenerse poco activo entre ambas peleas. Para más inri, Perico se presentó en Bangkok escasos días antes de la pelea, sin tiempo para entrenar como es debido en el nuevo país ni aclimatarse a un clima tan brutal y que causa en los europeos un cansancio fisiológico que resultó determinante. El 15 de julio del 75, en el Hua Mark Stadium de Bangkok, Perico subió derrotado. El vetusto recinto, más parecido a los “gallineros” de Muay Thai clásicos como el Radjadamern o el Lumpinee que al Campo del Gas o a la Casilla derrotó a Perico. Subió exhausto, asfixiado por la humedad.
Muansuring hizo lo que quiso hasta que el árbitro se lo permitió y golpeó a Perico durante una distancia de ocho asaltos. El referí Ernesto Megana se apiadó del alma de Fernández y evitó males mayores. Días, semanas y años más tarde, Perico se declaró siempre víctima de un contubernio que le llevó a extremo Oriente contra su voluntad.
Declaraba, además, que los guantes de Muansuring tenían “algo” que le cansó más de lo normal.

Revancha. Madrid. Perico tenía que demostrar que la culpa fue del calor y la deshidratación. De los guantes trucados del tailandés. Que en condicione normales un peleador en su tercer desempeño no podía ganar a un martillo pilón de Zaragoza. Entre estos dos combates, Perico había recuperado sensaciones mediante convincentes victorias a nivel nacional y europeo. Dos años después de la debacle de Bangkok, Perico volvía a enfrentarse a Muansuring por el trono que éste le había arrebatado.

Esta contienda celebrada el 17 de junio de 1977 sería el principio del declive de Perico.
A la distancia de 15 asaltos y con todo a su favor, perdió por decisión unánime de manera justa. La imagen del respetable allí reunido lanzando objetos al ring es más un reflejo de chovinismo que de indignación por un posible robo, cosa que no hubo.
Simplemente no fue capaz. Perico ya no daba más de sí. A pesar de que continuó peleando varios años y cosechando triunfos a nivel nacional y europeo en superligero y wélter, nunca volvió a pelear por un título mundial.
Como en la mayoría de los aspectos de la vida, lo importante no suele ser la caída, sino el aterrizaje. El de Perico en los estertores de su carrera y posterior vida personal fue todo lo accidentado que podamos imaginar. Cosechó 9 derrotas en sus últimos 11 combates, todos contra rivales a los que el primer Perico hubiese aniquilado.

82-28-15 en 127 peleas para un hombre que no fue ni la sombra de lo que pudo haber sido. Perico, sincero ante todo, siempre proclamaba en alto que detestaba entrenar, que era un golfo, y que lo que de verdad le motivaba era el dinero y las mujeres. Su físico hercúleo natural resultó hasta que, para ganar a los rivales, había que aportar ese extra que solo se encuentra madrugando para ir a correr o en el gimnasio.

De la vida personal de Perico, casi mejor ni hablar, o hablar poco, Dilapidó el dinero que sus puños le proporcionaron y vivió prácticamente en la indigencia hasta el fin de sus días, subsistiendo de ayudas de amigos y de pinturas que él mismo realizaba, su otra gran pasión.

“Háblame oh musa de aquel varón de multiforme ingenio…” con el inicio de la Odisea podríamos comenzar a contar la historia de Perico, ese huérfano que a base de golpes conquistó el mundo del boxeo. Fernández nos enseñó que en ocasiones los simples mortales tenemos la suerte de presenciar a hombres con un puro y auténtico talento; también nos enseñó, sin embargo, que no hay nada peor que el talento desperdiciado.

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