John Carter nuevo campeón de la Unión Europea

AEBOX/Juan Alvarez/Foto: María Fernandez/ — El nivel de los combates ascendía de la misma manera que la noche caía sobre el coso marbellí. Un murmullo, invisible e inaudible se apoderó del público presente en la plaza de toros momentos antes de la pelea por título de la noche. John Carter, blanco, enjuto, terso y duro como el mármol de Carrara se iba a enfrentar a Ibon “Pura Vida” Larrinaga, que con su aspecto de rudo marinero mercante conseguía que en este combate por el título europeo superpluma se estableciera el contrapunto entre estos dos púgiles. A pesar de estar llevados por la misma promotora y haber compartido infinidad de sesiones de gimnasio y sparring, Carter e Ibon dejaron a un lado su amistad durante la distancia de 12 asaltos a la que se pactó la batalla para ofrecernos, sin duda, el combate de la noche.

Comenzaban las hostilidades con ambos peleadores en el centro del ring, intercambiado palos mano a mano. Ninguno de los dos se dejaba amedrentar por el rival pero siempre daba la sensación de que los golpes del nazarí Carter causaban más estragos y se dejaban notar en el rostro del vasco. A pesar de ello, Ibon cabecea, contragolpea y se mantiene durante los primeros asaltos a un nivel que dificulta a los jueces puntuar cada asalto.

El primer hecho diferencial del pleito se da en el tercer asalto. Pasado el ecuador del mismo, una buena mano de Carter conecta con precisión de francotirador a Ibon que retrocede y se precipita al suelo, no sin antes, todo hay que decirlo, tropezar. Tropezón o no, hay contacto y el árbitro cuenta la caída, lo que hace que el combate se le ponga más cuesta arriba.

Entrando en el cuarto asalto la dimensión que toma esta conflagración es dramática. Carter con violentos escorzos comienza a conectar de manera clara y dura contra Ibon, que sigue respondiendo a todo lo que le echan, respondiendo al fuego con fuego. El devenir de los asaltos se sucedían y en todos la sensación de que Carter podía terminar de un golpe y, a la vez, de que las arremetidas y contragolpes de Ibon podían desequilibrar el marcador a su favor.

El séptimo y el octavo asalto son auténticas guerras. Carter se mueve peor, Ibon sigue pasando manos, pero menos. Se abandona la táctica y la estrategia. Se aparca el cerebro para que salgan a relucir el corazón y la testiculina. Parados en el centro del ring, Larrinaga comienza a no ser capaz de seguir el ritmo de Carter, como si persiguiendo al líder de la montaña en el tour le diera una pájara subiendo al Alpe D´Huez. Carter, el Pantani de este combate, aunque también visiblemente cansado, no deja de golpear. Ibon Larrinaga es amonestado con un punto por agarrarse y en varios momentos da la sensación de que va a caer, pero su corazón aún mantiene arriba a todo su cuerpo.

En el octavo la tragedia griega se consuma y parece una continuación de los tres rounds anteriores. Simples seres mortales no podrían con este castigo. Nuestros protagonistas, titanes resultantes del cruce de humanos y dioses, siguen en pie y castigándose el cuerpo y el alma. Cuando va a finalizar este octavo, en un momento casi imperceptible, la cara de Larrinaga, ya tumefacta, parece quedarse en standby durante un segundo. Su cuerpo parece flotar. El árbitro de manera acertada para la pelea a la vez que la esquina vasca agarraba la toalla para lanzarla. John Carter, en medio de un estruendo nazarí que reverbera en la plaza y se eleva en la noche, es nuevo campeón de Europa.

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