Laila Ali: en el nombre del Padre

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AEBOX/Juan Alvarez/ — Un púgil nunca pelea solo. Dentro de la soledad del ensogado, mil demonios suben cada noche a ese cuadrilátero en el que dos personas buscan con un solo mandoble de sus guantes la gloria eterna.

Nadie sabe nunca realmente, a excepción del propio boxeador, todo lo que sube con él a la tarima. Nunca sabemos los intangibles que le añaden dificultad y épica a su contienda con el rival.

A veces, no obstante, cuando alguien se sube a batallar adentro del ring, un rumor casi imperceptible de apodera de todo el estadio. Todos saben que junto a ese guerrero ha subido una losa de la que solo a golpes se puede librar. Superar las hazañas del padre por parte de los hijos ha sido una empresa que se ha repetido en la historia del boxeo con resultados desiguales; Floyd Mayweather, hijo y sobrino de Floyd y Roger (que en
paz descanse) encumbró con cinturones ecuménicos un apellido que ya estaba escrito de manera perenne en las glosas del noble arte del pugilismo.

Julio César Chávez Jr. intentó seguir los pasos de su padre, el César del boxeo, Julio César Chávez Sr. y se convirtió en un “parecía que sí, pero al final no”. Estos y algunos más boxeadores se enfrentaron a la vez a la tarea de noquear a sus rivales y despejar las dudas de los aficionados que veían sobrevolar las alargadas sombras de sus padres cada vez que ellos mismos peleaban. Sombras de gigantes en ambos casos, pero nunca tuvieron que
enfrentarse a la sombra de un boxeador que no fue un cualquiera, que no fue siquiera un boxeador sino que fue un icono del siglo XX.

Laila Ali, nuestra protagonista, hija del más grande de todos los tiempos, rubricó una carrera sobresaliente dentro del boxeo profesional femenino e hizo olvidar a todos, al menos durante su desempeño en el interior del cuadrilátero su ascendencia. Nacida el 30 de diciembre de 1977, su carrera comenzó tarde y terminó pronto. Antes de irrumpir en el profesionalismo y durante él, tuvo tiempo para desempeñar trabajos como la gerencia
de un salón de manicura y obtener una licenciatura en Empresariales en el Santa Monica College.

Su trayectoria pugilística es inmaculada, intachable. En su carrera certificó con sus 24 victorias en 24 peleas (21 ko) que el apellido puede ayudar en ciertas ocasiones, pero que en el boxeo solo se gana con cerebro, puños y corazón. El 8 de diciembre de 1999 en su debut como profesional noqueó a April Fowler en el primer asalto. Ocho victorias al hilo más tarde, llegaba el combate que definiría su carrera y con una carga sentimental que no se había visto nunca antes en el boxeo. El 8 de junio de 2001 se enfrentó nada más y nada menos que a Jackie Frazier, hija de “Smokin” Joe, el rival con
el que su padre certificó tres de las más gandes peleas que haya dado este hermoso deporte. Para aumentar la expectación, el combate fue publicitado como Ali/Frazier IV, cargando sobre los hombros de las peleadoras el elefantiásico legado de sus padres, como queriendo que las hijas expiasen a golpes los pecados de sus padres. Ali ganó por decisión mayoritaria en el combate a una distancia de ocho asaltos.

Después de esta victoria y ya encumbrada como la mejor boxeadora del momento, Laila bajó la cadencia de sus combates, como las grandes estrellas. Los fanáticos se quedaron por un tiempo con las ganas de que estirara más su carrera. Supo a poco un recorrido en el que no pudimos disfrutar todo lo que hubiéramos querido de su estilo ortodoxo pero
efectivo. Es en el estilo precisamente donde Laila más intentó alejarse de la estela de su padre: mientras que éste era un showman dentro y fuera del ring con un estilo de pela irrepetible y difícilmente reproducible, Laila fuera una científica del ring, con una inteligencia que le permitía dar y buscar exactamente lo que necesitaba en cada pelea para ganar.

La grandeza de Laila se disfrutó poco y en tacitas de genialidad que demostraba cada vez que derrotaba a sus rivales. A la vez que esto pasaba, conquistaba una y otra vez todos los cinturones del peso super-medio, categoría en la que transitó la mayor parte de su carrera. Buena prueba de ello es la lísta de víctimas que dejó en su fugaz carrera; Shirvelle Williams, Suzette Taylor, Christy Martin, Valerie Mahfood… Ali, como ya hizo su padre, no rehusó a ninguna de las bestias que en esa época dominaban el boxeo femenino. Todas corrieron la misma suerte. Todas vieron como la hija del padre era la última persona con el brazo en alto dentro del ring.

En 2004 Laila protagonizó sus últimos combates contra Nikki Eplion, a quien derrotó en cuatro asaltos por la vía del cloroformo, y a Mónica Núñez. Su última pelea, la despedida, fue en Lousville, Kentucky, la ciudad que vio nacer a la leyenda viviente que era su padre, quien desde la esquina, como las 23 ocasiones anteriores, vio cómo su hija resultaba vencedora.

Laila Ali se retiró pronto, joven e invicta, cuando ya no le quedaba nada por demostrar. Laila es la representación de que, al igual que Adonis Creed en la saga cinematográfica continuación de Rocky, un hijo de boxeador legendario si tiene fuerza y determinación puede cimentar su propio legado. Fue capaz, además, de ser sobresaliente en un deporte
históricamente masculinizado y de desligarse a la vez de esa mácula y la de su progenitor. Laila Ali consiguió, en definitiva, que cuando terminaba cada combate con un nuevo cinturón al hombro viéramos a Laila y no a la hija del padre.

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