Teofimo encuentra las claves y vence a Lomachenko

AEBOX/Juan Álvarez/ — Por acción de la ley de la gravedad, los granos de arena del reloj fueron cayendo hasta que se llegó a la fecha programada. No hay fecha, por lejana y deseada que aparezca en nuestro horizonte, que no acabe llegando y, como con el resto, llegó el día en el que Vasyl Lomachenko y Teófimo López habrían de defender sus respectivas coronas ecuménicas del peso ligero y, a la vez, conquistar las del rival.

En la meca del boxeo mundial (Las Vegas) y en uno de sus recintos fetiche (MGM Grand) se daban cita los dos reyes de las 135 libras para resolver esta tesitura. De igual manera que Alejandro Magno afirmó que el cielo no puede tener dos soles y que hasta que no muriera el emperador persa Darío él no sería el nuevo emperador, mientras que Loma y López fueran campeones a la vez ninguno lo sería del todo. Dentro del recinto y a pesar de las restricciones provocadas por la pandemia se respiraba un ambiente especial.

El aire y el ambiente se encontraban tensos, espesos, cargados de la trascendencia y la responsabilidad del momento. La situación en los dos gimnasios no podía ser más diferente; mientras que Teófimo bufada y daba vueltas en su cubículo a imagen y semejanza de un toro bravo que aguarda en toriles Loma, por su parte, aparece sentado, con sonrisa educada, sin ser efusiva ni forzada; si en vez de vendaje y guantes frente al campeón en tres divisiones apareciera un tablero de ajedrez recién enrocado, una novela de Hemingway o estuviera admirando un cuadro de Hooper la estampa tendría un aire de normalidad. A nadie le habría extrañado. El cerebro y la mente de Loma siguen en su sitio.


Comienzan a salir los protagonistas a esta arena moderna, donde el albero se sustituye por tercipelo y los burladeros por 16 cuerdas. En primer lugar Teófimo López, con 15-0 a sus espaldas y el cinturón de la FIB en su cintura. Entra con la etiqueta de víctima pero sus pasos, acompasados al ritmo de “Another One bites the dust” le acercan al altar del cuadrilátero. Es el momento de extender un cheque que pueda cubrir los gastos de su
lengua, agitada durante toda la promoción del combate. López, con preciosa pantaloneta gris y azul, no será hoy el que muerda el polvo.

Tras él, la estrella de la noche. Vasyl Anatolievich Lomachenko. Con 14-1, cinturones en 3 divisiones y la aureola de ser el mejor boxeador libra por libra en la actualidad. A su paso suena una melodía tétrica, inquietante, llena de ruidos metálicos a juego con su precioso calzón de Matrix. No tiene cintura suficiente para tantos cinturones y se presenta libre de lastre. Sube al ring a cumplir su tarea, aquello en lo que es dominante, para lo que ha nacido.

Ritual de rigor, presentaciones, púgiles al centro del ring. Indicaciones del árbitro. Choquen guantes. Que dios les proteja. Campana y comienza el combate.

Los boxeadores abandonan la esquina. López rápidamente toma el centro del ring, mientras Lomachenko comienza a desplazarse alrededor de su oponente, tranquilo, sin prisas. Desde el centro Teófimo, que comienza el combate algo tenso y al que, aparentemente, todavía le pesa el respeto que tiene (normal por otra parte) a Lomachenko, lanza jabs a la velocidad del látigo pero con más intención de no ser contragolpeado que de golpear. Lomachenko estudia a su rival desde las cuerdas, sin ser nunca un blanco fijo. No acaba de soltar las manos pero no está recibiendo golpes, y que esquiva con maestría lo que le lanza Teófimo saliendo en lateral. Suena la campana y cada uno a su esquina.

En la esquina de López hay felicidad contenida. Este primer asalto se ha ido a su lado, pero queda una larga marcha hasta la decisión de los jueces. Por otra parte, los asaltos de tanteo también puntúan y éste ya es suyo.

La esquina de Lomachenko aparece serena. Las indicaciones de Anatoly, padre y mentor de Vasyl, no aparecen cargadas de ira ni nerviosismo. Solo se ha perdido el primer asalto, el de tanteo, Loma se ha movido bien y no ha recibido golpes importantes. Ya han vivido esta situación más veces y Loma tiene la calidad suficiente para sobreponerse. Hay tiempo. Primero hay que estudiar a Teófmo.

Se produce una situación anómala. Lomachenko alarga el asalto de tanteo otros 5 rounds más. No deja de estudiar a Teófimo, que sigue en el centro del ring, mandando con el jab. Las mortíferas combinaciones de tres y cuatro golpes con ambas manos de Loma no aparecen. Su golpeo tras salir en paso lateral está siendo erradicado de manera muy efectiva por un López que, cuando Lomachenko sale hacia un lado, acompaña su
movimiento, cerrando los ángulos de golpeo de su rival y golpeando él mismo. Mientras que las ráfagas de golpes de Loma no llegan, los golpes de López se sienten. Son pocos, pero suficientes para que se hagan patentes en el rostro y torso del ucraniano, que parece percibir que Teófimo lanza pocas manos pero cargadas de dinamita.

En teoría, estos primeros 6 episodios de los 12 a los que está programada la cita se han ido hacia la esquina hondureña. Tal vez, como excepción, el segundo, en el que una gran combinación de Lomachenko puede hacer pensar que ese asalto si es de su propiedad.

En la segunda parte de la pelea Loma, quien sabe si después de haber estudiado en profundidad a López o presa de las prisas, comienza a carburar. Se acopla a la pelea. Se mueve con mucha más rápidez. Sus salidas laterales son las ya conocidas por todos los aficionados al boxeo y es capaz de conectar en mayor medida que en la primera parte de
la pelea. Teófimo, y ahí es donde se ve la diferencia entre un campeón y alguien que simplemente estaba en el lugar correcto para recoger un cinturón, no se amilana. Su pasión y su sangre no se traducen en nerviosismo sino en tensión, en un saber estar a la altura de una pelea de unificación de títulos. Teófimo pierde, o Lomachenko gana, los asaltos del 7 al 11 sin discusión. La diferencia entre los asaltos que pierde Loma y los
que pierde López es que éste, en los que no se apunta, no sale golpeado.

La cara de Lomachenko, no obstante, comienza a presentar hematomas en la zona frontal, testigos de la potencia de Teófimo que en ningún momento ha renunciado a dar palos.

Comienza el último asalto y todo parece indicar que las tarjetas deben ir igualadas. Ambos púgiles se pueden haber anotado 5 asaltos ya que hay varios de ellos que son difíciles de puntuar. El asalto final sigue valiendo solo 10 puntos pero en un pleito como éste puede valer 4 cinturones. Ambos luchadores se presentan dispuestos a dar la última batalla, ungidos de sentido de la responsabilidad, de cumplir un deber histórico, como los Horacios representados por Jacque Louis David mientras juramentan sobre las espadas y su padre.

Lomachenko parece tener más urgencia por atar este último round, ya que los asaltos seguros que se puede anotar la esquina ucraniana son menores que su rival. Suelta manos rápidas pero en el momento en el que llega a la distancia del dinero con López rehúsa el intercambio. Teófimo, en cambio, se encuentra muy cómodo en esa distancia y suelta verdadero plomo en la humanidad de su rival. Desde la esquina de Teófimo su padre y entrenador le grita que no entre al intercambio y boxee en la distancia. López, que hace tiempo que ha aparcado el boxeo cerebral y se deja llevar por la sangre latina que corre por sus venas, rehúsa el consejo, se ajusta el yelmo y parte a la guerra. Todo pasión y corazón, incluso le reclama a Lomachenko que se quede a intercambiar con él en el centro del ring. Lomachenko no acepta la invitación y decide entrar golpeando y salir mientras que López quiere guerra. Suena la campana y finaliza el combate.

Al final del combate y a modo de balance podemos resumir: Lomachenko “desperdicia” los seis primeros asaltos en estudiar a un Teófimo que siempre marcó la pauta del combate excepto en los asaltos del 7 al 11. La pegada de López, que impactó arriba y abajo con dureza, fue inesperada para Loma; hizo que éste en ocasiones renunciara a intercambiar hierro en el centro del ring y por ahí se le pueden haber ido algunos asaltos. Loma no ha sido capaz de imponer su estilo y ha ido todo el combate a contracorriente, a pesar de haber sido dominador claro en algunas fases de la pelea.

En el momento de que se publican las puntuaciones de los tres jueces llega la polémica. Por decisión unánime el nuevo campeón indiscutido de las 135 libras es Teófimo “The Takeover” López con tarjetas a su favor de 116-112, 117-111 y una sorprendente 119-109.

La polémica, debe aclararse, no viene tanto por la proclamación de Teófimo como campeón, resultado justo y coherente, sino con las puntuaciones de las tarjetas, en las que Lomachenko sale excesivamente maltratado.

Tras el estallido de júbilo de la esquina azul y el tradicional mortal invertido de López, se coloca los cinturones que le acreditan como campeón ecuménico de las 135 por los cuatro grandes organismos reguladores. Mientras esto pasa, a pocos metros físicos pero a miles de kilómetros en el ámbito de las emociones, un contrariado y de ojos vidriosos Lomachenko abandona el coliseo sin los cinturones con los que subió al ring.

Antes del combate de la pasada madrugada Lomachenko era el dios de las divisiones menores. Un estilo mortífero y calculador, donde no hay lugar a la improvisación, la pasión y los errores. Antes del combate de la pasada madrugada, Teófimo era un espécimen de sangre caliente que se deja llevar por la violencia intrínseca al boxeo y por el corazón que le guía. En este pleito Loma, que no fue capaz de ajustar su estrategia al boxeo pasional de López, ha visto en primera persona como el boxeo de un dios puede sucumbir al de un hombre.

“los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales. Nos envidian porque cada segundo podría ser el último”.

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