AEBOX/Gonzalo Campos
El boxeo vuelve a mirarse al espejo. Y la imagen que devuelve no es la que necesita.
El combate entre Nathaniel Collins y Cristóbal Lorente, disputado el 17 de abril en el SSE Hydro de Glasgow, debería haber sido recordado por la competitividad, el ritmo y la capacidad de ambos para sostener doce asaltos de alto nivel. Sin embargo, lo que ha quedado en el aire no es el combate… es una cartulina.
Y un nombre propio: Giovanni Poggi.
Dos jueces ven una pelea… y un tercero otra completamente distinta
Las puntuaciones oficiales fueron claras en su mayoría:
- Barry Lindenman (Estados Unidos): 115-112 Lorente
- Victor Loughlin (Reino Unido): 115-112 Lorente
- Giovanni Poggi (Italia): 116-111 Collins
El dato no admite matices.
Dos jueces de nacionalidades distintas coinciden en la victoria de Cristóbal Lorente. Entre ellos, además, el británico Victor Loughlin, actuando en casa del propio Collins.
Y, sin embargo, la tercera tarjeta no solo discrepa… se sitúa en el extremo opuesto.
Cuando ni el factor local sirve de explicación
Durante años, el boxeo ha convivido con el argumento del “factor casa”. Decisiones ajustadas que caen del lado del púgil local, lecturas que generan debate, pero que entran dentro de una cierta lógica histórica del deporte.
En Glasgow, ese argumento no se sostiene.
El juez británico, lejos de inclinarse hacia su compatriota, puntúa en favor de Lorente. Es decir, refuerza la lectura mayoritaria del combate.
Eso deja completamente aislada la tarjeta del juez italiano.
Una diferencia que no es de criterio, es de dimensión
Una pelea cerrada puede generar un 115-113 en uno u otro sentido. Incluso un 116-112 puede entrar dentro de determinados márgenes si el combate lo permite.
Pero un 116-111 en dirección contraria a los otros dos jueces, en un combate con una caída incluida, obliga a hacer una reflexión más profunda.
Porque para llegar a esa puntuación es necesario haber visto un desarrollo del combate que no coincide, en lo esencial, con el de los otros dos oficiales.
Y ahí es donde el debate deja de ser técnico.
El boxeo no puede permitirse esto
No se trata de cuestionar a un juez por una tarjeta concreta. Se trata de algo más serio: la responsabilidad que conlleva formar parte de un sistema que decide el futuro de los deportistas.
Un boxeador no solo se juega una victoria.
Se juega contratos.
Se juega oportunidades.
Se juega años de carrera.
Y lo hace poniendo en riesgo su salud, su integridad y, en muchos casos, su propio futuro.
Por eso, cuando una decisión genera una distancia tan grande con respecto al resto del equipo arbitral, lo mínimo exigible es claridad.
Transparencia o sospecha
El boxeo lleva décadas luchando contra un enemigo silencioso: la desconfianza.
Cada decisión inexplicable no solo afecta a un combate. Afecta a la percepción global del deporte. Alimenta dudas, enfría al aficionado y debilita la credibilidad de las instituciones.
Por eso, este no es un caso más.
Es un ejemplo claro de por qué el boxeo necesita avanzar hacia modelos donde las puntuaciones no solo se emitan… sino que también se expliquen.
Una pregunta que no puede quedar sin respuesta
La cuestión no es señalar.
La cuestión es entender.
¿Qué combate vio Giovanni Poggi para firmar un 116-111 a favor de Collins?
Mientras esa pregunta no tenga respuesta, el problema seguirá ahí.
Exigencia de explicaciones
Desde aquí pedimos a organismos como la European Boxing Union y el World Boxing Council que se abra una revisión de lo sucedido, que se dé audiencia al juez implicado y que se ofrezcan explicaciones claras a los medios y a los estamentos del boxeo internacional.
Porque el boxeo no puede permitirse convivir con decisiones que generan una brecha tan evidente entre lo que ocurre en el ring y lo que reflejan las cartulinas.
La credibilidad del deporte también se defiende fuera de las cuerdas.


