AEBOX/Vicente Campos/–Hay boxeadores que anuncian su retirada, eligen una fecha, preparan una última pelea y tienen la oportunidad de despedirse del público como siempre imaginaron.
Y hay otros a los que la vida les arrebata esa posibilidad.
Aritz “El Chulito” Pardal pertenece a este segundo grupo.
“El Chulito” es uno de esos boxeadores que siempre me gustó. Un auténtico guerrero, de los que nunca regalaron un combate y de los que entendieron el boxeo como una forma de vida. Pero debo reconocer que, en los últimos tiempos, le había perdido la pista.
El Boxeo puede ser muy injusto. Mientras estás en la palestra, todo el mundo sabe quién eres, dónde peleas y cuál será tu próximo combate. Pero cuando dejas de aparecer en las carteleras, cuando dejan de sonar los teléfonos y ya no hay una pelea que anunciar, muchas veces desapareces del radar.
Hace unos días, aprovechando que ahora tengo algo más de tiempo libre, me pregunté por Aritz. Me asomé a sus redes sociales para saber qué había sido de aquel boxeador al que tantas veces habíamos seguido.
Y allí encontré una publicación que me golpeó.
No por un resultado.
No por una derrota.
Sino porque Aritz había vuelto a abrir su corazón para contar algo que llevaba años intentando asimilar: su carrera no terminó cuando él quiso. Terminó cuando una lesión le obligó a decir basta.
Y eso, para un boxeador, debe ser especialmente duro.
Una carrera construida a base de sacrificio
Aritz Pardal fue durante años uno de los nombres habituales del boxeo profesional español.
Bajo el apodo de “El Chulito”, se ganó un sitio a base de combates, sacrificio y una personalidad que nunca pasó desapercibida. Era de esos púgiles que transmitían la sensación de que, cuando sonaba la campana, siempre iban a dar un paso al frente.
Uno de los momentos más importantes de su trayectoria llegó en diciembre de 2017.
En Bilbao se enfrentó a Ibón Larrinaga por el título WBC Mediterráneo del peso supergallo. Pardal salió decidido y protagonizó una actuación contundente, derribando en dos ocasiones al púgil vasco antes de que el árbitro detuviera el combate en el segundo asalto.
Aritz “El Chulito” Pardal se proclamaba campeón WBC Mediterráneo.
Aquella noche confirmó lo que muchos ya sabían: que estábamos ante un boxeador dispuesto a asumir riesgos y a buscar desafíos.
Su carrera continuó entre combates nacionales e internacionales, construyendo un récord que acabaría reflejando también la dureza de los rivales que eligió.
Porque un boxeador no se mide únicamente por sus victorias.
También por aquellos a los que se atrevió a enfrentarse.
Una lesión que cambió todo
En diciembre de 2019 llegó el golpe que nadie esperaba.
Una grave lesión ocular obligó a Pardal a apartarse de los cuadriláteros. El problema afectó seriamente a su visión y comenzó entonces un largo proceso médico que incluyó una intervención quirúrgica y una recuperación que se prolongó durante más de dos años.
Pero Aritz no dejó de sentirse boxeador.
Siguió entrenando.
Siguió acudiendo al gimnasio.
Siguió intentando mantener viva aquella llama.
Porque su objetivo era regresar.
Y regresó.
En mayo de 2022 volvió a competir profesionalmente frente a Joel Sánchez, al que derrotó por decisión mayoritaria.
Después de tanto tiempo alejado, volvía a sentir aquello que había echado tanto de menos: el vestuario, los nervios, la preparación, la campana y el combate.
Todavía quedaba una pelea.
23 de julio de 2022: la última noche
El 23 de julio de 2022, Aritz “El Chulito” Pardal volvió a subir al ring en el Polideportivo Municipal Mateu Cañellas de Inca, Mallorca.
Su rival fue el local Jon Martínez, en un combate pactado a ocho asaltos.
Nadie podía saberlo entonces, pero aquella sería la última pelea profesional de Aritz Pardal.
Pero para Aritz no hubo realmente un punto final.
Porque dentro de él todavía quedaba una pregunta.
“No dejé el boxeo, la puta lesión del ojo me obligó”
Cuatro años después de aquella última pelea, Pardal ha encontrado las palabras para explicar lo que ha supuesto todo este tiempo.
“La campana del último asalto ya sonó. Pero sigo peleando tratando de asimilar…”.
Y después lanza una frase que lo resume todo:
“No dejé el boxeo, la puta lesión del ojo me obligó”.
No hay reproches a un rival.
No hay una revancha pendiente.
No hay una derrota que pueda corregirse entrenando más duro.
Hay una lesión.
Algo contra lo que no podía defenderse.
“No pierdes contra un rival, pierdes contra algo que no te da oportunidad a defenderte”.
Quizá esa sea una de las frases que mejor explican lo cruel que puede llegar a ser el deporte.
Un boxeador acepta perder. Para eso existe el ring. Se pierde y se vuelve a entrenar. Se analiza el combate, se corrigen errores y se busca una nueva oportunidad.
Pero cuando el rival es tu propio cuerpo, no existe revancha.
La despedida que nunca pudo tener
Aritz reconoce que imaginaba otro final.
Quería despedirse en casa.
Quería subir al ring por última vez como profesional delante de su gente. Quería escuchar a los suyos rompiéndose la garganta, sentir el ambiente, disfrutar de una última noche y escuchar esa última campana sabiendo que había sido él quien había elegido cuándo dejarlo.
Pero la vida decidió otra cosa.
“Fue un final de solo silencio, después de tantísimo ruido”.
Y esa frase duele.
Porque detrás de ella hay años de ruido.
El ruido de los gimnasios.
El ruido de los guantes golpeando los sacos.
El ruido de los compañeros entrenando.
El ruido de la esquina.
El ruido del público.
El ruido de una campana.
Y, de repente, silencio.
Un silencio al que un boxeador que ha respirado boxeo durante años tiene que aprender a acostumbrarse.
Cuando el boxeo deja de ser una profesión y se convierte en identidad
Aritz lo explica de una manera extraordinariamente gráfica.
“Un boxeador no desaparece cuando deja de pelear, solo cambia de batalla”.
La nueva batalla está en su cabeza.
Y reconoce que es mucho más dura que cualquier paliza recibida encima del ring.
Porque ahora no hay árbitro.
No hay esquina.
No hay entrenador que pueda darte instrucciones entre asaltos.
No hay campana que marque el final.
Estás tú.
Y todo aquello que durante años definió tu vida.
Dormir pensando en boxeo.
Comer pensando en boxeo.
Entrenar.
Descansar.
Preparar el siguiente combate.
Volver al gimnasio.
Competir.
Ganar.
Perder.
Volver a empezar.
Cuando todo eso desaparece, queda una pregunta para la que ningún entrenador prepara a un boxeador:
¿Y ahora qué?
“Daría mi ojo por una más”
Hay una frase de su publicación que probablemente resume mejor que ninguna otra el dolor de Aritz.
“Daría mi ojo por una más, solo una más”.
Una frase dura, incluso desgarradora.
Porque demuestra que dentro de él todavía vive aquel boxeador.
El que quiere ponerse los guantes.
El que quiere escuchar la campana.
El que quiere volver a sentir la adrenalina de una pelea.
El que se pregunta qué habría ocurrido si aquella lesión nunca hubiese aparecido.
Pero también es la frase de alguien que sabe que esa oportunidad ya no existe.
Y, aun así, Aritz intenta encontrarle un sentido a todo lo vivido.
“Me rompí haciendo lo que amaba, ¿no? Entonces se puede decir que valió la pena”.
Quizá sí.
Quizá esa sea la mejor manera de mirar atrás.
Porque nadie puede quitarle las noches que vivió, los combates que ganó, los títulos que conquistó, los compañeros que conoció ni todas las experiencias que acumuló durante sus años como profesional.
Ahora afronta el combate más difícil
La retirada de un deportista nunca consiste simplemente en dejar de competir.
Para muchos, significa reconstruir una vida.
Y para un boxeador que ha vivido 24 horas al día alrededor del boxeo, la transición puede resultar especialmente complicada.
Aritz lo reconoce cuando pregunta:
“¿Y ahora qué?”
Es probablemente la pregunta que más pesa.
Pero en su propio mensaje también encontramos la respuesta.
“Si sobreviví a tantos golpes, la vida no me puede tumbar ahora”.
Ahí está el verdadero Aritz Pardal.
El mismo guerrero que subió tantas veces al ring.
El mismo que volvió después de más de dos años de ausencia.
El mismo que quiso intentarlo una vez más.
Ahora tiene que aprender a pelear de otra manera.
El “Chulito” no desaparece
Aritz “El Chulito” Pardal ya no volverá a disputar un combate profesional.
Su última pelea quedó atrás aquel 23 de julio de 2022 en Inca, frente a Jon Martínez.
Pero sería un error pensar que aquel día desapareció el boxeador.
Porque un récord no explica una carrera.
No cuenta las horas de gimnasio.
No cuenta los sacrificios.
No cuenta los viajes.
No cuenta los golpes.
No cuenta las noches en las que seguramente se preguntó si todo aquello merecía la pena.
No cuenta la emoción de ganar.
Ni el dolor de perder.
Ni el orgullo de volver después de una lesión que le había apartado durante años.
Tampoco cuenta todo aquello que dejó en las personas que tuvieron la oportunidad de verle pelear.
Y por eso, cuando Aritz dice que la campana del último asalto ya sonó, quizá tenga razón.
Pero solo en parte.
Porque la campana del último combate sonó en 2022. La de la despedida emocional está sonando ahora.
Y quizá necesitaba decir todo esto para poder empezar a cerrar una etapa que nunca quiso cerrar.
Gracias, Aritz
Como aficionado reconozco que me alegra haber vuelto a encontrarme con Aritz, aunque haya sido a través de unas palabras tan dolorosas.
Me alegra saber qué ha sido de aquel “Chulito” que tantas veces vimos subirse al ring.
Y me alegra, sobre todo, comprobar que detrás de aquel guerrero sigue estando la misma persona que entendía el boxeo como una forma de vida.
Desde AEBOX queremos rendir homenaje a Aritz “El Chulito” Pardal.
No solo por sus victorias.
No solo por sus títulos.
No solo por sus 24 combates profesionales.
Sino por todo lo que hay detrás de ellos.
Por haber peleado.
Por haber vuelto.
Por haberlo intentado.
Y por tener ahora el valor de reconocer que esta nueva batalla también duele.
Aritz no quería retirarse.
La vida le obligó a hacerlo.
Pero aceptar algo que nunca quisiste también es una forma de valentía.
Ahora comienza otro combate.
Uno sin público.
Sin entradas.
Sin focos.
Sin cinturones.
Sin rival enfrente.
Pero quizá el más importante de todos.
Y estamos convencidos de que, igual que tantas veces sobre el ring, Aritz saldrá a pelearlo.
Porque un boxeador puede dejar de competir.
Puede guardar los guantes.
Puede apagar las luces del gimnasio.
Puede escuchar por última vez una campana.
Pero hay algo que nadie puede quitarle:
haber sido boxeador.
Y eso, Aritz, no se retira.
Gracias por todas las noches de boxeo. Gracias por todos los combates. Gracias por ser un guerrero.
Quizá la última campana ya sonó.
Pero la historia de Aritz “El Chulito” Pardal todavía no ha terminado.


