Urtain… `El secreto del acero´

Aebox/Juan Álvarez/ — En una época no muy lejana, el deporte rey no fue tal cosa en nuestro país. El máximo ídolo deportivo patrio no contaba sus victorias por goleadas ni sus títulos en campeonatos de liga. Allá por los 70, en las postrimerías del franquismo y en los primeros pasos de una democracia que bostezaba, se desperezaba y echaba a andar, el deporte rey de nuestro país no era otro que la dulce ciencia y su máximo ídolo José Manuel Ibar Azpiazu, “Urtain”.

Urtain, nacido en Aizarnazábal en 1943 encarnó el sentimiento de un país que por la década de los 70 comenzaba a abrirse de sí mismo y exploraba el mundo que tenía a su alrededor, como si de un adolescente con la paga en el bolsillo se tratase. Criado en una familia numerosa de la campiña vasca, su afición al boxeo llega por casualidad y de manera tardía. Perteneciente al mundo rural vasco, los deportes de fuerza típicos de su tierra no le fueron ajenos durante mucho tiempo y se convirtió en dominador de todos ellos a placer; para muestra, su récord de girar sobre sí mismo una piedra de 100kg 192 veces sin parar. Pronto tuvo que abandonar estos ejercicios recreativos, simplemente, porque se le agotaron los rivales, ya no quedaba a nadie a quien ganar.

Fue con 25 años cuando comenzó su noviazgo con el boxeo. A pesar de entrar en este deporte de manera muy tardía, lo que le faltaba de técnica boxística lo compensó con unas facultades físicas inigualables para la mayoría de los seres humanos de la época. Su genética le permitió convertirse en un peso pesado con una gran capacidad encajadora y un poder de demolición rara vez visto en un boxeador español.

A pesar de que tuvo una carrera profesional muy corta dentro de las 16 cuerdas (solo 9 años en activo) fue suficiente para cosechar un gran récord de 53-11-4 incluyendo una racha invicta de 27-0 en el inicio de su carrera. Reflejo de un país con ganas de pisar la moqueta de la modernidad, pero con gusto por sus tradiciones y sus folclores, peleó multitud de veces en plazas de toros por toda la geografía española, donde cosechó grandes triunfos ante rivales que no aguantaban la vertical más de 5 asaltos en la mayoría de los casos.

Sólo dos años después de su debut, pero ya con un impresionante récord de 23-0, Urtain comenzaba su colección de fajas pugilísticas; la primera, venciendo por KO técnico al alemán Wiland que le sacaba 17 kg en la báscula y algunos más durante el transcurso de la pelea. Si hay una pelea que nos permita descifrar el estilo boxístico del Urtain en plenitud física es éste: inicio del combate de cuatro asaltos demoledor, con capacidad de pegar hacia adelante y hacia atrás; sin mucha cintura, pero con la capacidad para esquivar y contragolpear, poco repertorio de golpes donde predominan los cruzados soltados con virulencia extrema. A pesar de ser un boxeador relativamente pequeño para la división de los pesos pesados, no solía buscar el intercambio de metralla en la corta distancia, ya que su fuerza física no venía acompañada de un fondo que le permitiese mover su tonelaje a gran velocidad a una distancia de 15 asaltos. Su robustez le permitía, no obstante, aguantar estos intercambios con facilidad y frescura. Su pecho, mandíbula y cuello que parecían sacados directamente del yunque y la forja, fueron su mejor arma defensiva a lo largo de su carrera.

El hombre de acero, más conocido como “El Tigre de Cestona”, tenía un físico que exprimiría con espléndidos resultados durante su corta carrera.

 Urtain fue calificado como un “tirapiedras” que ligaba su destino en el ring a su fuerza bruta, pero parece algo descabellado calificar a un hombre con su legado de una manera tan despectiva. Su valentía y ferocidad en los primeros asaltos, su puntería buscando la mandíbula y zonas del rival con sus puños de acero compensan lo limitado de su técnica.

Durante sus 9 años de carrera, Urtain enfrentó a todos los que tenía que enfrentar. Nunca rehusó pelear con nadie y eso le llevó a enfrentarse con auténticos colosos de la época. Su primera derrota le llegó el 10 de noviembre de 1970 contra nada más y nada menos que Henry Cooper en su primera defensa del título europeo de los pesos pesados. El mismo Henry Cooper que fue capaz de mandar a la lona a Muhammad Ali de un solo golpe. Palabras mayores. No está mal para un simple tirapiedras.

Urtain comenzaba a acumular fama y fortuna. Se convirtió en la estrella del rock en un país de toreros. Fue el primer personaje español que se subió al carro del merchandising y la mercadotecnia. Su característica txapela se vendió de norte a sur de la geografía española. Su rostro afable, sus maneras de sencillo hombre de campo y su atractivo le permitieron formar junto con su amigo Pedro Carrasco una dupla de mitos eróticos y deportivos.

Estrella de rock fue y como tal se comportó. Pronto el alcoholismo le robó su físico, el pilar fundamental de su desempeño en el ring, y las derrotas y malas actuaciones comenzaron a acumularse. En una carrera tan corta como la suya, el ascenso, auge y caída de Urtain fue prácticamente cuestión de meses. Aunque siguió ganando grandes batallas y títulos españoles y europeos, era evidente que llegada su treintena se acercaba el fin de su carrera.  En 1976 le dio el testigo a la próxima figura del boxeo español. En el Palacio de los Deportes de Madrid, Urtain fue derrotado ante una figura creciente, el hispano-uruguayo Alfredo Evangelista, que en ese momento llevaba solo 6 combates pero que ya daba muestras de unas actitudes que más tarde le llevarían a enfrentarse con Muhammad Ali. En este combate ya vimos a un Urtain apagado, todavía con ganas de presentar al público destellos del gran campeón que fue, pero aplastado por la losa de granito que el padre tiempo estaba echando sobre sus espaldas y que dirigía su carrera hacia el retiro.

Tan pronto como llegó al ring, Urtain lo abandonó. Con 34 años aparcó los guantes y se dedicó al wrestling protagonizando veladas en el eterno Campo del Gas. Una mera relación económica con la lucha libre que duró poco. Aunque ganaba y su papel era aceptable, era abucheado continuamente por un público que le vio erigirse como un ídolo del boxeo y que no quería verle dando saltos y haciendo cabriolas sobre el ring. Abandonó a los pocos combates y lo que ganó no compensaba el daño a una imagen pública cada vez más deteriorada.

Como a muchos otros grandes, a Urtain le costó comenzar una nueva vida alejado de los cuadriláteros. Fracasos matrimoniales, problemas con el alcohol y financieros hicieron que decidiera de manera abrupta terminar con su vida tirándose por el balcón de su residencia en Madrid. Solo tenía 49 años, pero su ciclo vital había sido más extenso que el de un simple mortal.

José Manuel Ibar Azpiazu “Urtain” llevó al boxeo español donde pocas veces había estado. Fue el ídolo de una generación que ansaiaba por encima de todo verse igualado en contienda europea con países que parecían más avanzados. Urtain llevó a España por todo el viejo continente con nuestra bandera a sus espaldas y nuestro país le aupó a él como uno de los primeros ídolos de masas. Dentro del ring ganó a todos a los que pudo ganar y nunca se guardó nada. Pocos dentro del ring pueden decir que pudieron desentrañar el secreto de Urtain para acabar con sus rivales, el secreto del acero.

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