AEBOX/Juan Álvarez/–Escocia dormita huérfana de reyes. Siglos ha de la desaparición de la sangre regia propiamente escocesa, no pocos aún hoy, en el antiguo reino de los pictos, feroces enemigos de los conquistadores romanos en las postrimerías territoriales de su imperio esperan a un nuevo líder como ellos. Un hombre de ojos claros, color oro como el trigo, blanco como la espuma que restalla en sus acantilados. Un hombre que les acaudille hasta el final.
La historia nunca plantea preguntas a las que no podemos encontrar solución y en la jornada de hoy podemos encontrar a un nuevo monarca en Escocia digno de la dinastía de los Bruce y señor de las Highlands. En el Meadowbank Sports Centre de Edimburgo a las 21h locales, Sultan Zaurbek y John Carter a la antigua usanza repetida desde la sagrada antigüedad, en combate singular, dilucidarán quién de los dos es mejor en el noble arte del boxeo.
Sultan Zurbek, del país cuya bandera representa el cielo azul atravesado por el sol y el águila dorada, Kazajistán. El país de la estepa infinita donde el final del horizonte significa el principio de uno igual de vasto que el anterior y que sigue fabricando campeones de boxeo, herencia ineluctable del país de la hoz y el martillo del que un día fue parte. Récord de 14 combates sin pecado original en destinos tan dispares como Dubai y el famoso York Hall, cuenta con una capacidad de pegada que le ha permitido acumular una decena de victorias antes del límite, cifra nada desdeñable para tratarse de un peso superpluma. Su estilo es una mixtura del antiguo boxeo olímpico soviético unido a una tranquilidad y una contundencia en la pegada a imagen y semejanza de Gennady Golovkin. Una mezcolanza estilística que bien usada suele acabar con los rivales observando el techo de los anfiteatros donde sucede la batalla.
En la infinita distancia que separa la esquina roja de la azul, tanta que en ocasiones parce que hablamos de dos galaxias diferentes se encuentra John Carter.
La sal de la tierra. La herencia secular de Manchester, donde los edificios de ladrillo rojos ennegrecidos por el hollín enseñaron al hombre que es dueño de su destino y que la mayor parte de nosotros no tenemos nada que perder en el mundo salvo nuestras cadenas. La adopción española, en Granada, la tenacidad heredada tras decenas de generaciones de la revuelta de las Alpujarras, donde se prefiere el morir que el ceder. La experiencia de una familia de clase obrera, trabajadores de la madera. Los carpinteros, esos hombres y mujeres que sin más herramientas que su tenacidad, sabiduría y destreza son capaces de transformar un trozo de leña en el crucifijo de nuestro señor o en un hogar en el que albergar nuestras familias. Ellos, como nosotros, saben que a veces una gota de sudor duele más que la sangre.
Carter viene de vuelta, pero no ha parado ni ha estado de vacaciones. Tras conquistar el título europeo del superpluma ante Ibón Larrinaga, unas complicaciones médicas dieron con su humanidad fuera del altar del cuadrilátero, por lo que, parecía en ese momento, de manera definitiva. Ese mal sueño desapareció y Carter viene dispuesto a recuperar el tiempo perdido, por o que no caben medias tintas ni combates de medianera o preparación. Con Carter lo todo es o no será.
Estilo sufrido el del granadino. Consecuente pero sufrido. Dispuesto a golpear 100 veces y a recibir 99 sabedor de que el último golpe es el mandoble diferencial que le hace ganador. Pegador y aguantador, sin ser un peleador que se prodigue en el KO su demolición constante hace que la piedra que se halla frente a él acabe horadada para acabar siendo destruida. Récord sin derrotas y un empate en sus 16 conflagraciones y tras un parón de casi dos años, Carter está de vuelta.
Hoy en Edimburgo a las 21 y en España a través de DAZN podremos ver la vuelta de John Carter a los cuadriláteros. Pelea difícil ante un rival tal vez poco conocido en nuestro país, pero una victoria servirá a Carter para reivindicarse, ponerse de nuevo en la conversación de los aficionados y demostrarse que él es ese hombre blanco de cabellos dorados al que tras la batalla los escoceses deben llamar, aunque sea por una noche, su rey.


